• Por Ariel Ruiz Díaz

Casi al final de la corrida de Teletón tropecé con el pro­tector que cubría los cables de los equipos de cronometraje. Me levanté enseguida y seguí. Las fotografías registraron el desequilibrio y hoy permiten contar una experiencia que debería resultar cotidiana: un corredor se cayó.

Soy ciego y corrí acompañado por una atleta guía. Ninguna de esas circunstancias con­vierte el tropiezo en una tra­gedia ni justifica buscar una culpable. Una caída, por sí sola, no demuestra que quien guía haya incumplido su tarea. Sin embargo, cuando participa una persona con discapaci­dad, suele aparecer una exigen­cia adicional: que nada pueda pasarle. Esa expectativa ter­mina condicionando nuestra libertad. Si cualquier golpe se interpreta como evidencia de que debimos quedarnos en casa, la protección se trans­forma en otra barrera para participar. No somos cajas de cristal. Practicar deporte supone esfuerzo, aprendizaje y riesgos que también podemos decidir asumir. La posibilidad de lastimarnos forma parte de esa experiencia. Reconocerlo permite acompañarnos sin sustituir nuestras decisiones.

Los eventos deben ofrecer seguridad y accesibilidad. Ese cuidado debe facilitar la participación y convivir con el reconocimiento de nuestra autonomía. También necesita­mos más personas dispuestas a aprender a ser atletas guía, sin cargarles la obligación impo­sible de evitar todo incidente.

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Ojalá estas imágenes animen a otras personas con discapa­cidad a correr y a más corre­dores a acompañarlas. Mi caída merece la misma natu­ralidad que mis cinco kilóme­tros. Ambas cosas ocurrieron esa mañana y forman parte del deporte que elegí practicar. El tropiezo no debería eclipsar todo lo demás.

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