- POR BENJAMÍN LIVIERES
- Analista político
Venía ganando elección tras elección. Parecía una fuerza imbatible, tanto por su sostenida expansión en Europa como por las victorias sistemáticas en todos los comicios efectuados en América del Sur, bajo el liderazgo y “escudo protector” del gran país del norte. ¿Y qué pasó? Le tocó el turno a Brasil, donde colocaron todas sus fichas y… perdieron. Ganó Lula, “el zurdo de 9 dedos”, quien rompió el invicto del que se ufanaba hasta ese momento la ultraderecha.
En una remontada sin precedentes, el líder del Partido de los Trabajadores y candidato a la reelección se impuso en el balotaje o segunda vuelta a Flavio Bolsonaro por una diferencia de 3,5 %, equivalente a 4,5 millones de votos, que no dejan dudas sobre la legitimidad de los resultados, reconocidos incluso por el partido del ahora prófugo de la Justicia brasileña.
Lo acontecido en Brasil, nuestro vecino y principal socio comercial (tema que corresponde tratar por separado), significa una ratificación de la democracia y de principios básicos de justicia social, severamente amenazados por esta vertiente esencialmente autoritaria e impopular. En cualquier parte que esto sucediera sería importante, pero lo es más tratándose de un país que reúne al 48,6 % de la población de Sudamérica, representa el 50,8 % del PIB de toda la región, es la octava economía mundial y uno de los grandes promotores de los BRICS; la alternativa global al bloque de los G7 que encabeza Estados Unidos.
El triunfo de Lula tiene múltiples componentes. Desde la gestión, con fuerte énfasis en lo social, hasta el temor de los brasileños a un retroceso democrático en caso de ganar Bolsonaro. Desde la defensa de la soberanía, avasallada por gobiernos extranjeros y grandes tecnológicas como Meta, hasta la correcta utilización de herramientas digitales en la campaña.
Pero lo que destaca sobre estos aspectos, para la histórica remontada, fue la irrupción masiva de la juventud que, junto a otros sectores de la población, protagonizó movilizaciones multitudinarias, hasta entonces nunca vistas.
Y así, con base en la militancia y la movilización, lo que parecía imposible se hizo realidad, haciendo que los dos puntos negativos en primera vuelta se transformaran en 3,5 % positivos en la segunda, obteniendo alrededor de 10 millones de votos más.
Estos hechos también desmienten una teoría muy divulgada en los últimos años, según la cual, los jóvenes son la principal base política de las corrientes de extrema derecha. Y si fue así en años anteriores, está dejando de serlo en el presente, tal como se demostró en Brasil.
El fenómeno, sin embargo, no se limita al vecino país. En Argentina está en marcha un proceso de fuerte resistencia al desfinanciamiento de la educación pública que ejecuta el gobierno de Milei. Y si miramos más lejos, hacia Europa, veremos que la juventud es la gran protagonista, como consta en las más de 180 manifestaciones realizadas a lo largo y ancho de dicho continente, en el último mes y medio, con demandas que van desde aspectos relativos a la educación, hasta viviendas y empleos dignos.
Estamos ante el inicio de algo nuevo, que no sabemos cómo se va a desarrollar ni si se desarrollará, pero que, por lo pronto, mantiene a Brasil –junto con México– como contrapesos de la política exterior estadounidense, a la cual están alineados la totalidad de los gobiernos de América Latina, con el enorme poderío que eso supone. Es apenas el primer capítulo de una historia por escribirse, que está incorporando a los jóvenes como sus grandes actores.

