- Jorge Torres Romero
El presidente Santiago Peña reconoció la semana pasada, durante la reunión del Consejo de Ministros, que su gobierno tiene un serio problema de comunicación. Y reconocerlo es un primer paso. Pero quizás el diagnóstico necesite completarse: el problema no es que el gobierno no tenga nada que comunicar.
El problema es cómo lo comunica y cómo logra atravesar un ecosistema mediático donde muchas veces tiene mayor espacio aquello que destruye que aquello que en realidad construye.
Las noticias que transforman la vida cotidiana, las obras que cambian realidades, los programas sociales que generan oportunidades o los indicadores económicos positivos difícilmente reciben el mismo despliegue que una denuncia, un escándalo o una especulación capaz de instalar incertidumbre y hasta generar terrorismo financiero.
Frente a esa realidad, seguir haciendo lo mismo sería un error. El gobierno necesita cambiar inmediatamente su estrategia.
Hambre Cero es probablemente el mejor ejemplo. Desde distintos sectores se intenta erosionar un programa de enorme impacto social y económico. Y la respuesta oficial no puede limitarse a conferencias de prensa, estadísticas o funcionarios explicando lo bien que funciona el proyecto. Que hablen los beneficiarios.
Que hablen los niños que hoy reciben una alimentación digna y de calidad. Que hablen sus padres. Que hablen las cocineras que preparan miles de platos diariamente.
Que hablen las maestras que observan lo que ocurre en las escuelas. Que hablen los productores frutihortícolas que encontraron un mercado para su producción. Que hablen quienes antes estaban fuera del circuito económico y hoy forman parte de él.
El gobierno no necesita decir permanentemente lo bueno que es el gobierno. Necesita que la realidad hable por él. Lo mismo debe ocurrir con los hospitales, las viviendas, las rutas, las inversiones, el empleo y cada política pública.
No alcanza con anunciar cuántos hospitales se construyeron: hay que encontrar al ciudadano que ahora puede atenderse donde antes no podía. No basta con informar cuántas viviendas fueron entregadas: debe hablar la familia que dejó atrás años de precariedad.
Ese relato difícilmente será construido espontáneamente por medios que tienen su propia agenda y sus propios intereses. Por eso el gobierno debe comprender definitivamente que hoy existen otros canales. Las redes sociales, los medios digitales y las plataformas alternativas permiten llegar directamente a millones de personas sin intermediarios.
Todos los indicadores económicos y sociales positivos deben traducirse en historias humanas si se pretende defender la continuidad de un proyecto frente a una oposición cuyo principal punto de coincidencia parece ser sacar al Partido Colorado del poder, pero que todavía tiene enormes dificultades para presentar una propuesta de país, un modelo económico y una hoja de ruta de desarrollo.
Miguel Prieto, presentado hoy como una de las figuras de mayor proyección opositora, tampoco consigue hasta ahora articular un pensamiento nacional propio, consistente y convincente.
Paraguay necesita discutir qué modelo de país quiere para los próximos veinte años, no simplemente quién debe abandonar el Palacio de López.
Por eso Santiago Peña tiene razón cuando habla de un problema de comunicación. Pero la solución no consiste en contratar más comunicadores ni producir más propaganda oficial.
La solución es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más poderosa: que el gobierno deje de hablar tanto de sí mismo y haga hablar a la gente cuya vida está cambiando.
Frente a cualquier campaña de erosión, pocas cosas resultan más difíciles de combatir que la experiencia concreta de un ciudadano que puede decir: “A mí esto me cambió la vida”. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso

