• POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS

La contribución del Partido Nacional Republicano a la cultura paraguaya, a través de ilustres intelectuales que militaron en sus filas, es invaluable. Apor­taron desde la historia, la sociología, la polí­tica, la educación, la literatura, la diplo­macia, el periodismo y las investigaciones. Hombres que fascinaron por la robustez de sus convicciones y la lucidez de sus ideas que, en muchos casos, se anticiparon a su tiempo. Son imprescindibles, por ejemplo, para un juicio valorativo sobre el genocidio perpetrado por la Triple Alianza, los cua­tro tomos de “Memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay”, de Juan Crisóstomo Centurión, uno de los firmantes del acta fundacional de aquella organización política. Un joven Blas Garay, de una inteligencia deslumbrante, “hace zozobrar los viejos moldes y atavismos” de su época, al decir de Juan León Mallor­quín. Termina la carrera de Derecho en tres años. Trabajador incansable, mientras cumplía funciones diplomáticas en España, reúne una enorme cantidad de documen­tos “relativos a los límites territoriales del Paraguay”, especialmente los relacionados con el Chaco. A su regreso da luz a uno de los periódicos más prestigiosos del Paraguay: La Prensa, cuyas páginas eran un látigo res­tallante contra la inmoralidad pública y la venalidad política. Su trágica y tempranera muerte a los 26 años de edad (18 de diciem­bre de 1899) nos dejó la incógnita de la obra monumental que pudo habernos legado su genio creador, impidiendo, además, que “el político pudiera realizarse plenamente” (Justo Pastor Benítez).

Su concepción del Estado –la de Garay– fue recogida por Fulgencio R. Moreno, quien, sin haber concluido una carrera universitaria (la de Derecho), fue un eminente ministro de Hacienda, siendo ya clásica su posición en contra del liberalismo económico y su carácter expoliador de los obreros y campesinos, grafi­cando la supremacía del mercado con la vida “en las florestas primitivas”, donde los más fuertes sometían a los más débiles. Moreno, sin ser economista, demostró altas cualida­des para desentrañar la “complejidad de los hechos económicos” a partir de lecturas siste­máticas y una admirable capacidad cognitiva para interpretar las ciencias con rigor crítico.

Los “Apuntes de sociología”, del doctor Igna­cio A. Pane, se convierte en una de las prime­ras obras sobre la materia que se publica en nuestra sociedad. Las enseñanzas de Pane no se reducían a las exclusivas dimensiones de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacio­nal de Asunción, sino que trasportó la cátedra a la tribuna parlamentaria, donde demolía las argumentaciones del adversario con ele­gancia y contundencia. Uno de sus colegas en la Cámara de Diputados, el doctor Antolín Irala, el canciller más joven que tuvo nues­tro país al asumir el cargo a los 25 años, bajo el gobierno del coronel Juan Antonio Escurra (1902-1904), es considerado “un internacio­nalista avizor del futuro y fiel a la realidad de su patria” (Alberto Nogués). A su iniciativa se dicta la primera Ley de Organización del Ser­vicio Diplomático en el Exterior. Obrerista de alma planteó una Ley del Trabajo con criterio más social para superar el individualismo que transpiraba el Código Civil de entonces. Fue, además, promotor de las leyes de “Inmigra­ción” y de “Colonización y del hogar”. Ricar­dito Brugada, orador impetuoso, impregnó de ética la política y fue un abanderado de la causa de los pobres, confesándose con fuerzas sufi­cientes para “conjurar todas las tempestades que surgen, a menudo, en la desigual lucha del obrero y el capital”.

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El doctor Telémaco Silvera, quien exploró –igual que Pane– la vertiente socialista del Partido Nacional Republicano, fue el primer diputado en poner en el orden del día de la Cámara el proyecto de ley sobre el derecho al sufragio de la mujer. Un serio investigador sobre nuestros problemas más comunes en el campo de la salud fue el doctor Pedro Pablo Peña, varias veces presidente a la Comisión Central del partido. La lista es amplísima y contempla a Juan León Mallorquín, Osvaldo Chaves, Epifanio Méndez Fleitas, Natalicio González, Roberto L. Petit, el maestro Del­fín Chamorro y dos poetas sociales de incon­mensurable penetración popular: Teodoro S. Mongelós y Carlos Miguel Jiménez.

Por eso no deja de sorprender, aunque no debe­ría hacerlo, que algunos referentes del Partido Colorado menosprecien la formación acadé­mica –la verdadera, no la simulada– como fun­damento para que los políticos vayan cons­truyendo sus propios conocimientos desde la perspectiva del pensamiento crítico. Una lectura ordenada y metódica, como lo hicieron varios intelectuales del partido que no conclu­yeron sus carreras universitarias, debería ser una imposición ejecutada por mano propia para todos los que aspiran a la representación popular. Pero no, aquí algunos políticos están convencidos de que solo deben saber ganar elecciones para, luego, contratar o alquilar técnicos y profesionales. La cultura está degra­dándose hasta el último escalón ¡Cuánta sabi­duría la del doctor Blas Garay! “A pasado de gloria, presente de ignominia”. Buen provecho.

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