• Jorge Torres Romero

Una impostura que convendría terminar de una vez por todas: la del analista político que se presenta ante la sociedad como un observador neutral, aséptico, ubicado por encima de las pasiones y los intereses. No existe.

Algunos defienden posiciones políticas; otros, intereses empresariales, económicos o mediáticos. El problema no es tener una mirada, sino venderla como verdad revelada.

Durante demasiado tiempo un pequeño círculo creyó tener el monopolio de la información y, sobre todo, de su interpretación. Decidían qué era noticia, quién era culpable, quién estaba acabado y hasta cuál debía ser el desenlace de los acontecimientos, pero eso hoy se terminó.

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La información se democratizó. Hay más fuentes, más canales y más posibilidades de contrastar versiones. Y eso dejó expuesta una realidad incómoda: muchos de aquellos supuestos gurúes de la política no analizaban tanto como pretendían. Especulaban.

El caso de Horacio Cartes es un ejemplo contundente. Durante meses hubo quienes prácticamente daban por descontada su caída definitiva. Se hablaba de cárcel, extradición y de un final político inminente. Algunos llegaron a manejar esos escenarios no como posibilidades, sino casi como hechos consumados.

La realidad tomó otro camino y muchos quedaron en offside.

Lo curioso es que ahora algunos de esos mismos analistas pretenden explicar quién quedó “descolocado” con la recomposición del escenario político paraguayo. Como si sus archivos no existieran. Como si nadie pudiera recordar lo que dijeron, escribieron y pronosticaron.

Las recomposiciones políticas no comenzaron ayer ni son patrimonio del cartismo. Ocurrieron durante Stroessner, Rodríguez, Wasmosy, Oviedo y Argaña. Ocurrieron después con Cartes y Mario Abdo.

Alianzas se rompen, liderazgos se fortalecen o debilitan, adversarios de ayer conversan mañana y sectores que parecían irreconciliables terminan encontrando puntos de coincidencia.

Así funciona la política aquí y en cualquier parte del mundo. Por eso resulta llamativo observar tanto escándalo impostado ante movimientos que forman parte de la propia naturaleza del poder.

Pero existe un problema todavía más grave: cuando el análisis político comienza a confundirse con intereses económicos y empresariales. Allí desaparece definitivamente cualquier pretensión de independencia.

Lo vimos también alrededor del debate sobre el sistema financiero y los fondos del IPS. Hay sectores que denuncian una campaña destinada a erosionar determinadas entidades financieras y sostienen que detrás de esa ofensiva existen intereses vinculados a quienes durante años se beneficiaron de determinada forma de administrar o colocar el dinero previsional. Si esa discusión va a darse seriamente, debe hacerse con documentos, números y hechos, no mediante rumores convertidos en titulares.

Hay demasiado ego en cierta televisión (que se desploma en algunos casos tras una borrachera irresponsable y criminal) y demasiada necesidad de protagonismo y demasiado periodismo convertido en espectáculo.

Y allí aparece la peor versión del oficio: la soberbia.

Nadie exige periodistas sin opiniones. Eso sería absurdo. Lo que corresponde exigir es algo mucho más sencillo: honestidad intelectual. Un poco menos de soberbia. Un poco menos de show y bastante más de periodismo. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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