- POR SELVA RIQUELME
- Madre y comunicadora
Mi pluma suele buscar la esperanza. Disfruto escribir sobre la juventud y la luz de encuentros como los del colegio Técnico Nacional. Hoy, sin embargo, escribo desde la grieta del dolor, la tristeza y una impotencia que ahoga.
Lo digo con total claridad: estoy en contra de la violencia en todas sus formas. Contra toda forma de violencia hacia la mujer, hacia el hombre, hacia un niño, hacia una persona con discapacidad. No hay violencia justificable.
Hoy nos duele Deisy. Un joven de 26 años actuó con una ferocidad que desnuda nuestro severo deterioro social y de salud mental. Mantenían una relación desde que ella tenía quince. Es imposible no pensar en la cadena de vejámenes que padeció durante seis años, hasta que reunió el valor para denunciar.
Y ahí, otra vez, la inoperancia. Una burocracia fría, dura y sin voluntad real que posterga la protección y empuja hacia finales fatídicos. ¿Cuántas más tienen que faltar para que el Estado actúe con celeridad? Indigna ver millonarios recursos del exterior para elaborar planes y validar protocolos en hoteles de cinco estrellas mientras las guías quedan archivadas y la ayuda nunca llega a las calles.
Escribo como madre, como mujer y como persona con discapacidad, muchas veces expuesta a miradas capacitistas que ven primero la condición y no a la persona.
No abandonemos a nuestras hijas. Conversemos desde la infancia, enseñémosles a identificar los primeros signos de violencia, a rechazarlos con firmeza y a defender sus derechos.
La respuesta está en el caracú de nuestro sistema educativo. La prevención debe ser transversal en todos los niveles. Educar para la paz y el respeto es la única vía para que nuestras hijas y nuestros hijos caminen seguros y el dolor no se vuelva costumbre.

