• Víctor Pavón (*)

Días atrás me pidieron una charla informal para conocer sobre por qué tenía tanta predilección por el mercado. Parte de aquella distendida reunión está condensada aquí.

El mercado no es una cosa o un lugar determinado y cuanto más libre se convierte en la redención de pobres y necesitados. De hecho, en menos de 100 años la pobreza se redujo del 75 por ciento en el año 1900 a

cerca del 10 % en la actualidad y no fue obra del Estado, fue obra del mercado libre, la institución de la libertad y la propiedad privada.

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En un mercado abierto y libre las personas buscando sus propios intereses benefician a los demás ofreciendo y demandando bienes y servicios sean panes, hortalizas, carnes, herramientas, pasajes, educación, salud, etc. Cuando se habla de mercado nos referimos a las personas que operan bajo la división del trabajo.

De ese modo, se producen y se ofrecen bienes y servicios demandados por otros. Nadie es obligado a hacer o no hacer algo. Cada quien dispone de su decisión de acuerdo a su escala de valores del momento; por ejemplo, para alguien puede ser relevante comprar un libro esta semana y para otra persona conseguir dinero para ir de viaje.

Los precios juegan un rol fundamental, funcionan como señales de incentivos. Si baja el precio de un bien o servicio la tendencia es que habrá más gente dispuesta a comprar. Y si aumentan los precios pronto aparecerán nuevos productores dado que resulta en una oportunidad de ganancia. Un producto o servicio no puede subir indiscriminadamente y la competencia se encarga de ello. A aquel que sigue subiendo los precios se encontrará con la disminución de sus ventas y hasta podría caer en insolvencia e ir a la quiebra.

El consumidor es el rey en el mercado. El individuo decide todos los días como un voto diario qué se debe producir, en qué cantidades y con qué calidad. Los consumidores mandan. Los empresarios son sus servidores.

En el mercado nadie es privilegiado. Solo el Estado como autor o cómplice es capaz de destruir el proceso de cooperación del mercado otorgando subsidios, precios mínimos y máximos y otros favores para algunos en detrimento de la mayoría.

Los permisos y autorizaciones estatales promueven la corrupción y la riqueza malhabida de burócratas y políticos haciendo caer el ahorro y la inversión. De igual importancia, el mercado no fue creado por nadie. Los consumidores mandan y los empresarios son sus servidores.

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”, “Cartas sobre el liberalismo”, “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes”, y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la República”.

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