- POR ARTURO PEÑA VILLALAALTA
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Una situación bastante inusual fue motivo de noticias y gran cantidad de memes en estos días. En un recorrido por calles del país se podía observar automóviles y tejados de viviendas llamativamente “blindados” con colchones, cartones, hules o cualquier elemento que sirva como amortiguador ante la amenaza de un nuevo bombardeo de supergranizos, similar al que se tuvo el pasado fin de semana. Una escena casi de guerra, pero ante la naturaleza.
En lo particular, no recuerdo una situación semejante, al menos en Asunción, en los últimos años. Circulaban fotos de autos que tenían hasta muebles encima, electrodomésticos viejos, todo atados con cuerdas o cintas de lo que se tenía mano.
La granizada del sábado pasado dejó consecuencias terribles en cuanto a daños. Mucha gente tuvo que gastar mucho dinero en reparación parabrisas y chaperías abolladas, así como tejados nuevos (en Asunción y otras zonas se registró una crisis de tejas, ya que terminó el stock). Y es que el tamaño de los granizos que cayeron era realmente sorprendente, más grandes que pelotas de tenis en algunos casos.
El evento climático fue noticia a nivel internacional, con videos que parecían sacados de una película de catástrofes. Hasta podríamos exagerar un poco la ficción cinematográfica e imaginar una venganza ecológica… contra los autos productores de dióxido de carbono.
En los años 70, los científicos James Lovelock (del Reino Unido) y Lynn Margulis (de Estados Unidos) plantearon que la Tierra no se limita a un sitio donde se desarrolla la vida, sino que posee vida en sí misma y que también puede modificar sus condiciones según sus necesidades, para mantener su propia existencia. Fue la base de la teoría de Gaia.
Lovelock afirmó que el aumento de las manifestaciones extremas del clima se convertiría en la nueva norma, ya que sería una forma de adaptación del planeta. Una forma de defenderse (¿a granizazos?).
Con el aumento de los eventos climáticos severos, los nuevos datos sobre el calentamiento de los océanos o el fenómeno de la desertificación, la teoría de Gaia volvió a cobrar presencia en algunos ámbitos de discusión. Ciertamente, una nueva forma de pensar con relación a las energías renovables también ha despertado a nivel mundial, apuntando a nuevos paradigmas que a la larga generarían menor contaminación. El punto aquí –como en cierta forma lo plantean Lovelock/Margulis– es cuál de los procesos es más rápido: el problema o la solución.
El debate sobre el clima a nivel mundial, en particular sobre el calentamiento global, se ha polarizado entre los negacionistas –por lo general sectores de poder económico– que rechazan totalmente la existencia de una crisis ambiental; y por el otro, los alarmistas, que instalan la próxima llegada del apocalipsis ecológico.
Es aquí donde deberíamos escuchar lo que dice la ciencia al respecto, lo que dicen los datos, las estadísticas. Ese debería ser el parámetro. Las medidas a tomar o no dependerán de los gobiernos de cada país, pero la instalación de una agenda ecológica depende de toda la sociedad, de la ciudadanía en general.
Quizás no sea necesario empezar a construir un arca o un refugio subterráneo en este momento, pero por lo pronto tengamos un paraguas siempre a mano –y un colchón extra–, y de tanto en tanto, miremos el cielo, por las dudas.

