DESDE MI MUNDO
- POR Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Carlitos, mi vecino, había comprado el auto hacía poco. No era un auto para pasear los domingos ni para presumirlo frente a los amigos. Era su herramienta de trabajo.
Había hecho números, ajustado gastos y juntado todo lo que pudo porque iba a trabajar de Bolt y convertir cada viaje en unos guaraníes para la casa.
El sábado, cuando el cielo empezó a oscurecerse, seguramente pensó que sería una tormenta más. De esas que llegan de golpe, hacen ruido, descargan agua y después desaparecen dejando las calles inundadas.
Pero esta vez el cielo no solamente trajo lluvia: trajo hielo.
Y no eran esas pequeñas bolitas blancas que alguna vez miramos caer desde una ventana con cierta curiosidad. Eran piedras de granizo capaces de romper parabrisas, agujerear chapas y destrozar lo que encontraban a su paso.
En pocos minutos, el auto de Carlitos quedó marcado por la tormenta. El parabrisas roto, abolladuras por todos lados y un montón de preocupaciones. La principal ya no era pagar las cuotas, sino la urgencia de repararlo.
A muchos kilómetros de allí, ña Juana vivía una historia diferente, pero parecida.
El granizo encontró el techo de su casa y lo atravesó. Pero no eligió cualquier lugar. Los agujeros quedaron justamente sobre la cocina. Allí donde todos los días prepara empanadas que después vende para ganarse la vida.
Uno puede imaginarla mirando hacia arriba, viendo el cielo a través de los agujeros de la chapa y pensando en algo mucho más concreto que la tormenta: cómo va a seguir trabajando. Porque cuando vuelva a llover, y ya se anuncian más lluvias, el agua también va a entrar.
Para ella, una gotera no es solamente una gotera. Quizás sea una cocina donde ya no se puede trabajar. Es otra preocupación que se suma a tantas otras.
Y pienso que una granizada no golpea a todos de la misma manera.
Para algunos es un fenómeno impresionante. Para otros, una cuenta que pagar.
El sábado vimos las imágenes en las redes sociales y después en todos los noticieros.
Los autos con los parabrisas destrozados. Las chapas agujereadas. Las calles cubiertas de hielo. Los patios blancos. Compartimos los videos. Nos sorprendimos. Comentamos que nunca habíamos visto algo semejante. Y probablemente dentro de unos días la tormenta será apenas un recuerdo.
Para Carlitos, mi vecino, el recuerdo estará estacionado frente a su casa.
Y para ña Juana estará sobre su cocina.
Ahí está la diferencia.
La tormenta dura unos minutos, pero las consecuencias para los más desprotegidos pueden durar meses.
Entonces me vuelve un pensamiento que se repite desde hace años.
No tenemos siempre la infraestructura necesaria, ni la prevención suficiente, ni la capacidad de respuesta que estos fenómenos empiezan a exigir.
Y lo más preocupante es que tendremos que acostumbrarnos a que ocurran.
No necesariamente a sufrirlos de la misma manera, pero sí a entender que pueden volver.
Una tormenta puede encontrar un techo viejo de una humilde casa, o un automóvil que es la única herramienta de trabajo de una familia.
Carlitos tendrá que conseguir el dinero para reparar su auto y volver a ponerlo en la calle.
Ña Juana tendrá que buscar unas chapas, tapar los agujeros y volver a prender el fuego para preparar sus empanadas.
Y eso es lo nuestro. Nos golpean y seguimos. Se rompe algo y buscamos cómo arreglarlo. Se inunda la casa y limpiamos. Se cae el techo y buscamos una chapa. Se rompe el auto y buscamos un préstamo.
Y al día siguiente volvemos a empezar.
Pero los tiempos están cambiando y el clima también.
Ya no podemos solamente improvisar.
El sábado, durante unos minutos, el cielo se cayó sobre buena parte del Paraguay. Para algunos quedó en las fotografías, para otros quedó en los videos. Para Carlitos quedó un parabrisas roto y para Ña Juana en un agujero en el techo.
Y quizás para todos nosotros quedó algo más difícil de asimilar: la certeza de que aquello que alguna vez llamábamos “una tormenta extraordinaria” puede estar convirtiéndose en parte de nuestra nueva realidad.
Aunque a veces uno tenga que empezar de nuevo, lo que viene para nosotros como país es aprender a convivir con un clima cada vez más imprevisible.
A lo mejor ya no se trata solamente de mirar al cielo cuando se nubla. Se trata de aprender a escucharlo.
Si se nubla, mirá hacia arriba y preparate. El cielo te puede estar avisando.
Pero esa… es otra historia.

