- Por Jorge Torres Romero
Desde 1989, una parte importante del discurso opositor paraguayo ha explicado sus derrotas electorales señalando, una y otra vez, las reglas del juego.
Primero fueron los policías y militares. Durante la transición se instaló fuertemente el cuestionamiento a la participación política de uniformados. La Constitución de 1992 terminó estableciendo restricciones para los miembros en servicio activo de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional.
Después apareció otro argumento: el dinero en la política. Había que transparentar el origen de los fondos, controlar las campañas y evitar que dinero ilícito condicionara las elecciones. Paraguay aprobó una ley de financiamiento político en 2012 y volvió a modificar y endurecer ese régimen posteriormente.
Luego llegó la gran batalla contra las llamadas “listas sábana”. Durante años se sostuvo que las listas cerradas impedían al ciudadano elegir personas y protegían a dirigentes colocados por las cúpulas partidarias. La presión política finalmente desembocó en la Ley 6318/2019: listas cerradas, pero desbloqueadas, con voto preferencial. El elector pasó a tener la posibilidad de alterar el orden de los candidatos de su partido.
También estuvieron las denuncias sobre las papeletas, el supuesto “voto calesita” y las sospechas sobre el mecanismo tradicional de votación. Llegaron entonces las máquinas de votación, que siguen siendo utilizadas por la Justicia Electoral; de hecho, serán empleadas nuevamente en las municipales de este domingo 4 de octubre.
Se cambiaron reglas. Se modificaron mecanismos. Se aprobaron controles. Se desbloquearon listas. Se incorporó tecnología. Y ahora reaparece el debate sobre volver a las listas cerradas bloqueadas, justamente el sistema contra el cual se libró durante años una de las principales batallas de reforma electoral.
Resulta demasiado sencillo encontrar después de cada derrota un nuevo culpable: el padrón, el dinero, las listas, las papeletas, las máquinas o las reglas.
Tal vez después de más de tres décadas de democracia exista otra pregunta que algunos dirigentes deberían hacerse frente al espejo: “¿Ysi esta vez el problema no es la herramienta, sino quienes pretenden utilizarla?”. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

