• Lic. Selva Riquelme
  • Comunicadora

La habilitación de un bus accesible solo para cruzar un tramo vial específico tras el accidente en Pedroso resuelve una barrera puntual, pero deja una sensación agridulce.

Es una medida con buena intención que, sin embargo, evidencia una contradicción profunda: se destina un recurso valioso a pocos kilómetros, mientras el sistema de transporte público sigue siendo inaccesible para miles de personas con movilidad reducida.

La accesibilidad no puede ser un parche temporal ni un servicio estanco. Cruzar la calle con seguridad es un derecho que se garantiza con infraestructura pensada para todos: rampas de diseño universal con pendientes normadas, continuidad y piso antideslizante; y pasos a desnivel o pasarelas con ascensores que funcionen las 24 horas. Solo así se deja de depender de horarios y vehículos externos.

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Los buses adaptados con rampas, piso bajo y espacios reservados no deben ser un “puente” para cruzar una avenida. Su lugar es en todas las líneas y recorridos.

La independencia real ocurre cuando una persona puede salir de su casa, subir a cualquier colectivo y moverse por la ciudad para trabajar, estudiar o recrearse, sin pedir permiso ni esperar asistencia especial.

Celebrar la intención está bien, pero exigir una visión integral es urgente. El diseño universal no crea soluciones excepcionales para problemas cotidianos: integra la accesibilidad en la planificación de la ciudad. Solo cuando la movilidad autónoma sea la regla en cada esquina y en cada colectivo, hablaremos de inclusión real.

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