• Dr. José Duarte Penayo
  • Filósofo
  • Presidente de la Aneaes

Mucho antes de que la palabra posmodernidad se volviera habitual para describir una época, en la Francia de los años sesenta ya se discutían muchas de las ideas que luego quedarían asociadas a ella.

Se empezaba a cuestionar que una obra tuviera un único significado, que ese significado dependiera de lo que su autor había querido decir y, en términos más generales, que detrás de todo texto, obra de arte o fenómeno social pudiera encontrarse una intención capaz de explicarlo por completo.

Por eso hay algo profundamente irónico en que sea Francia hoy el escenario de una discusión encendida sobre quién escribe y sobre si detrás de una novela existe todavía un ser humano.

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La novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir), de Thélyson Orélien, figuraba entre las preseleccionadas al prestigioso premio Goncourt, hasta que una cuenta anónima atribuyó el texto a la IA generativa.

El autor lo negó, pero posteriormente se descubrieron plagios en sus escritos anteriores y la Academia Goncourt retiró el libro de su lista con una fórmula que habría sonado casi reaccionaria décadas atrás: solo se admite literatura escrita exclusivamente por seres humanos, mujeres y hombres.

Es necesario repasar la aventura intelectual que desde los años sesenta nos trajo hasta aquí. Mucho antes de que la inteligencia artificial volviera presente este problema, buena parte del pensamiento contemporáneo ya había puesto en cuestión la idea de un autor como sujeto racional, transparente para sí mismo y capaz de presentarse como origen estable del sentido.

El concepto de “La muerte de Dios”, la desaparición del hombre como fundamento del saber, la crítica a todo centro (fonocentrismo, logocentrismo, eurocentrismo, etc.) capaz de gobernar el significado, fueron preparando un clima en el que la vieja seguridad humanista comenzó a perder consistencia.

En ese contexto, el pensador Roland Barthes entre 1967 y 1968 proclamó una muerte más, “la muerte del autor”, siguiendo la tradición nietzscheana y anticipando otras por venir. No hablaba de la desaparición física del escritor, sino de la pérdida de su privilegio como autoridad última capaz de fijar el sentido del texto.

Aquel momento intelectual no celebraba un mundo futuro sin seres humanos, ni pretendía redactar un manual de instrucciones para una sociedad poshumana, sino que buscaba desmontar la pretensión de que detrás de todo sentido debía existir necesariamente una conciencia soberana que lo fundara y lo controlara.

Es en este punto que aparece la afinidad entre aquel “zeitgeist” y la actualidad revolucionada por la IA: lo en los años sesenta fue una crítica teórica del humanismo moderno, hoy comienza a adquirir una forma concreta, presente y real.

Me refiero al hecho de que la inteligencia artificial produce textos comprensibles, sin una conciencia humana detrás de cada frase. Es decir, se vuelve técnicamente posible algo que aquella filosofía pensaba como lo propio de la escritura, su capacidad de hacer circular el sentido sin depender de su creador.

Y, sin embargo, más de medio siglo después, al parecer sí importa mucho saber quién habla. No hace falta caricaturizar a aquellos autores para advertir el agotamiento de este modo de pensar, porque sus obras fueron, en efecto, más complejas que los eslóganes que circularon en su nombre.

Vale preguntarse, no obstante, qué quedó de aquel edificio intelectual, si ya cayó en el olvido o si sobrevive como “pasta base” de consumo recreativo en determinadas sectas académicas, concretamente, como residuo degradado de la academia norteamericana que hizo de estos temas el corazón de una moral, el puritanismo woke.

Por otra parte, la recepción en nuestro continente de estos temas dio lugar a baratijas teóricas, unas veces con adhesión pobremente comprendida del pensamiento francés y otras bajo el barniz de una lectura “decolonial” de insuperable cursilería, repitiendo e imitando categorías nacidas precisamente en las academias europeas que se pretendía impugnar.

Así, la figura del autor y su muerte inspiró la crítica del “eurocentrismo”, mientras se presentaba como rebeldía crítica la importación obediente de un vocabulario

Etiquetas: #ideas#autor

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