En Brasilia el ánimo ya no es el de 2022. El presidente que volvió al poder prometiendo paz social y prosperidad para los sectores populares llega a las urnas con una popularidad que dejó de crecer. La gestión desgasta, la comida sigue cara y buena parte del electorado siente que el gobierno no resuelve lo que le pesa en el bolsillo. Ese es el problema de fondo, y ningún anuncio de último momento lo borra.

Lo que sí hay son anuncios, y muchos. A pocos días de la primera vuelta, el Ejecutivo pasó de regular las apuestas en línea a prohibirlas por decreto. El giro no es casual. El endeudamiento de familias humildes por el juego digital se volvió un drama silencioso que, según se cuenta, se comió una parte de lo que el Estado reparte a través de Bolsa Familia. Prohibir es, además, un mensaje directo a evangélicos y a hogares de bajos ingresos, dos públicos que Lula necesita recuperar.

El segundo movimiento apunta hacia afuera. Con un tono más duro hacia Washington y la consigna de que Brasil no es el patio trasero de nadie, el mandatario recurre al viejo nacionalismo latinoamericano, que suele rendir bien en campaña. La jugada sirve para presentarse como un estadista de peso global y para retratar a la oposición como subordinada a la derecha estadounidense.

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El problema es que enfrente no hay una derecha dividida. Flávio Bolsonaro logró reunir el malestar urbano, el poder del agronegocio y a una clase media que perdió capacidad de compra. Con un discurso de seguridad y críticas al manejo fiscal del PT, fue acortando la ventaja mes tras mes. Las encuestas dan a Lula entre 3 a 5 puntos de ventaja sobre su rival, un empate técnico en la práctica si el desenlace se define en el balotaje del 25 de octubre.

Pero la presidencia no es lo único en juego. Se renuevan también el Congreso y las gobernaciones, y ahí se decidirá cuánto podrá gobernar quien gane. Un Legislativo hostil, con el Centrão como fiel de la balanza, puede dejar a cualquier presidente atado de manos.

La campaña brasileña entra así en su tramo final como una carrera contra el reloj. Lula corrige el rumbo sobre la marcha para defender su lugar, mientras la oposición avanza con la convicción de que el PT ya no tiene el terreno asegurado.

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