• Dr. José Duarte Penayo
  • Filósofo
  • Presidente de ANEAES

Durante mucho tiempo se instaló en la educación la idea de que memorizar era una forma antigua de aprender, casi lo contrario de pensar. La repetición y la acumulación de datos debían dejar paso a una escuela capaz de formar alumnos que comprendieran, resolvieran problemas y pensaran por sí mismos.

En nuestro país, como en tantos otros, esa discusión acompañó las reformas educativas de las últimas décadas, con la omnipresencia de consignas como “docente facilitador”, “aprendizaje significativo y colaborativo”, “competencias” y un largo etcétera.

Desde mi punto de vista, el problema no pasa, desde luego, por enseñar a interpretar, relacionar o resolver problemas, dado que una escuela que no lo haga sería evidentemente incompleta.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Más bien, la dificultad aparece cuando se pretende que esas capacidades puedan desarrollarse por sí solas, casi en el vacío, como si pensar fuera una gimnasia independiente de aquello sobre lo cual se piensa.

Para discutir, por ejemplo, una interpretación de la historia primero hay que conocer los hechos, para comprender un texto hace falta vocabulario y contexto y, para resolver un problema nuevo, necesitamos conocimientos anteriores que permitan siquiera reconocer qué tenemos delante.

Cierta vulgata pedagógica consiguió así una proeza curiosa, fue vaciando progresivamente la cabeza de contenidos en nombre de “capacidades transversales” para presentar después ese terreno baldío, esa desertificación cultural, como una forma superior de autonomía.

Durante años algunos gurúes de la gran estafa educativa explicaron cómo aprender mientras cada vez parecía importar menos qué debía aprenderse, hasta convertir la ausencia de conocimientos en una virtud metodológica y el abandono del alumno a su propia pobreza cultural en una manifestación de libertad.

Por eso me parece necesario revisar la mala fama de la memorización, más aún ahora, cuando el argumento contra ella parece, solo parece, haber encontrado una justificación definitiva en la tecnología.

Porque ¿para qué recordar fechas, nombres, fórmulas o datos geográficos si todo está disponible en internet y una inteligencia artificial puede proporcionarnos una respuesta en pocos segundos?.

La pregunta suena razonable, pero conlleva una confusión bastante profunda, sobre todo si dimensionamos que disponer de una información no significa haberla asimilado y mucho menos haberla convertido en conocimiento propio. Una fecha, un nombre o una fecha histórica no son simplemente datos almacenados en alguna parte de la cabeza, funcionan también como puntos de orientación que permiten ubicarnos dentro de un proceso, del mismo modo en que quien conoce una ciudad no necesita consultar un mapa en cada esquina o un futbolista no tiene que reconstruir mentalmente el terreno de juego antes de decidir hacia dónde correr. Podemos encontrar una fecha en segundos, naturalmente, pero cuando cada referencia debe ser buscada de nuevo nunca terminamos de habitar ese territorio, seguimos siendo visitantes extraviados que necesitan indicaciones para llegar a cualquier parte.

Memorizar no es aprender, la frase es una verdad tan obvia como estéril, porque lo importante es comprender que no existe aprendizaje alguno sin una memoria ejercitada.

El error de cierta escuela antigua pudo haber sido creer que recordar bastaba, el error, más grave aún, de cierta pedagogía contemporánea consiste en creer que recordar ya no importa. Recordar significa disponer de referencias propias para comparar, relacionar, reconocer una contradicción o advertir que algo no encaja.

Nunca fue tan fácil acceder a cantidades inmensas de información y, al mismo tiempo, nunca fue tan sencillo adquirir la apariencia de estar informado sin haber incorporado casi nada.

La inteligencia artificial puede recordar por nosotros, puede ordenar datos e incluso elaborar respuestas extraordinariamente sofisticadas, pero no puede convertir mágicamente aquello que sabe la máquina en conocimiento nuestro.

Pensemos incluso en algo tan sencillo como un estudiante de educación básica que memoriza un poema. Tal vez a su edad no comprenda todo aquello que repite, pero esas palabras quedan disponibles y puede ocurrir que años después encuentre en ellas un sentido que entonces apenas intuía.

Esa asimilación efectiva no solo conserva información, amplía también el campo de lo posible, porque incorpora palabras, imágenes y conceptos desde las cuales podemos comprender después otras cosas. Algo semejante ocurre cuando una comunidad conoce de memoria la letra de su himno nacional o, dentro de una tradición religiosa, una oración como el padrenuestro: esas palabras forman parte de un repertorio común, permiten reconocernos como parte de un pueblo y refuerzan una pertenencia que no necesita ser explicada cada vez desde el principio. La memoria, en ese sentido, no es solamente un depósito individual, es también una manera de participar de un mundo común.

Cada generación podrá luego discutir la memoria que hereda, ampliarla, corregirla e incluso rebelarse contra ella. Lo que difícilmente podrá hacer es discutir aquello que nunca conoció. Para “emanciparse” de una tradición primero hay que poseerla y para cuestionar el mundo hay que haber aprendido algo sobre él, quizá por eso, después de tantos años hablando de aprender a aprender, convendría recuperar una tarea bastante más elemental y mucho menos prestigiosa entre los vendedores de novedades pedagógicas: enseñar algo que valga la pena recordar.

Déjanos tus comentarios en Voiz