- Por Juan Carlos Dos Santos G.
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Las decisiones impopulares no necesariamente son malas y ese axioma se aplica también a la diplomacia y la política.
En el laberinto de la diplomacia multilateral, es fácil caer en la tentación de sumarse a las mayorías automáticas para evitar el aislamiento o la crítica rápida. Sin embargo, la verdadera estatura de la política exterior de una nación se mide en su capacidad para sostener principios innegociables cuando la corriente sopla en sentido contrario.
La reciente votación en la Asamblea General de la Naciones Unidas, donde Paraguay acompañó a Estados Unidos e Israel al oponerse a otorgar mayores prerrogativas de participación a la Autoridad Palestina (AP), fue calificada por algunos analistas como una “derrota táctica” dada la abrumadora mayoría de resoluciones favorables a la diplomacia palestina.
Pero un análisis libre de influencias mediáticas y del facilismo de ser aplaudidos por mayorías, demuestra que el voto paraguayo no fue un acto impulsivo ni de aislamiento ciego: fue un ejercicio de coherencia ética y pragmatismo estratégico.
Para entender la postura paraguaya, es imprescindible dirigir la mirada al núcleo institucional del liderazgo de Mahmoud Abbas (Abu Mazen). Detrás de la fachada diplomática que despliega la Autoridad Palestina en Nueva York o Ginebra, subsiste una estructura financiera asesina, obscena e incompatible con la paz: el estipendio oficial a terroristas y a sus familias, conocido internacionalmente como el programa Pay for Slay (“Pagar por Matar”).
Bajo la figura del “Fondo de los Mártires” y las pensiones para prisioneros, la AP destina anualmente más de 150 millones de dólares a recompensar económicamente a quienes perpetraron atentados, asesinatos o actos de terrorismo contra civiles israelíes, extendiendo el beneficio financiero a sus núcleos familiares. A mayor gravedad de la condena, mayor es la mensualidad asignada. A pesar de los repetidos anuncios de “reformas” administrativas presionadas por la comunidad internacional, los flujos de dinero continúan vigentes. Otorgar una legitimidad sin exigencias en el foro multilateral más importante del planeta a un régimen que premia con fondos públicos la violencia contra civiles inocentes, no es solo una contradicción moral, sino un incentivo directo a la impunidad.
Desde la perspectiva de la política exterior de Paraguay, este voto no representa una animadversión hacia el pueblo palestino, sino una postura firme contra el extremismo y sus patrocinadores institucionales. La diplomacia paraguaya asumió en los últimos años un compromiso de alineación geopolítica explícita con democracias como Israel, Estados Unidos y Taiwán. Cumplir con esa visión en los momentos decisivos es lo que diferencia a los socios confiables de los actores impredecibles.
Las Naciones Unidas corren el riesgo constante de convertirse en un escenario donde las mayorías numéricas diluyen las exigencias básicas de convivencia pacífica. Al levantarse firme junto a Washington y Jerusalén, Paraguay no solo honró una promesa de campaña y una visión de política exterior; recordó al mundo que la legitimidad diplomática no debe regalarse a cambio de retórica, sino exigirse a través de acciones concretas por la paz.

