• POR MATÍAS ORDEIX
  • Socio del Club de Ejecutivos

Un país puede crecer y atraer miradas. Pero si no construye instituciones sólidas y una agenda de largo plazo, difícil­mente construya confianza.

Hace unas semanas viaja­mos a Uruguay junto a socios del Club de Ejecutivos. Nos acompañó en forma excelente el Ministro Marco Riquelme. Como ocurre muchas veces, un viaje de negocios terminó convirtiéndose también en aprendizaje. Uruguay está muy cerca de Paraguay. Pero en algunos aspectos políti­cos, sociales e instituciona­les, la distancia parece bas­tante mayor.

Visitamos desarrollos logís­ticos y zonas francas como Zonamerica, el Parque de las Ciencias y el Parque de Innovación. Pero, sobre todo, observamos algo menos visible: la previsibilidad que genera un país cuando sus instituciones funcionan y sus políticas trascienden a los gobiernos.

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Educación y transparen­cia son un buen ejemplo. No parece casual que un país con mejores resultados educati­vos presente también mayor transparencia. La última eva­luación de PISA coloca a Para­guay en los últimos lugares del mundo, mientras que nuestros hermanos en las mejores posi­ciones regionales. En el Índice de Percepción de la Corrup­ción 2025, Uruguay ocupa el puesto 17, mientras Paraguay esta completamente aplazado en el lugar 150.

Ambas son parte de una misma construcción: cuanto más preparado está un ciu­dadano para comprender, cuestionar y exigir, más difí­cil resulta gobernar desde la opacidad.

Otro componente funda­mental es la institucionali­dad: hace que un país dependa menos de las personas y más de sus reglas. Genera pre­visibilidad y confianza. Los gobiernos pasan; las institu­ciones permanecen.

Durante nuestra visita a las zonas francas uruguayas, una expresión me quedó dando vueltas: “tributos creados o a crearse”. Su legislación con­templa no solo exoneraciones actuales, sino también tribu­tos que puedan crearse en el futuro. Para quien invierte millones, esas palabras tie­nen enorme valor: previsibi­lidad. Necesita confiar en que las condiciones esenciales no cambiarán arbitrariamente en cinco, diez o veinte años.

Paraguay tiene enormes for­talezas y los grandes inver­sores ya las conocen: cre­cimiento, energía, ventajas tributarias y capacidad pro­ductiva. Pero el gran inver­sor tampoco es ingenuo. No alcanza con buenas presenta­ciones y números macroeco­nómicos. También observa instituciones, seguridad jurídica, educación y trans­parencia.

La corrupción no es solo polí­tica, el empresariado tam­bién tiene responsabilidad. Muchas veces permanecemos cómodos mientras nuestras empresas crecen. Participar no significa necesariamente ingresar a la política: signi­fica involucrarse en gremios y organizaciones, exigir mejo­res políticas públicas y utili­zar nuestro liderazgo para impulsar cambios.

Paraguay tiene un gran creci­miento, lo que necesita ahora es transformar nuestras ventajas en una “agenda país” que sobre­viva a los gobiernos. Porque el verdadero diferencial no es ofrecer buenas condiciones hoy, sino lograr que quien invierte, emprende o trabaja pueda con­fiar en que mañana las reglas seguirán siendo reglas.

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