• Emilio Agüero Esgaib
  • Pastor

Todos hemos experimentado alguna vez la sensación de caminar sin rumbo o de limpiar un lugar que se vuelve a ensuciar de inmediato.

En la vida espiritual pasa igual: hay temporadas donde una persona, una familia o la Iglesia como cuerpo se siente cansada, donde parece que el esfuerzo no da fruto y surge la pregunta silenciosa: ¿para qué seguimos haciendo esto?

La iglesia de Corinto era una iglesia con un potencial enorme, pero estaba profundamente desorientada. Tenían divisiones, pleitos internos, dudas doctrinales y desánimo. Después de corregirlos y de recordarles la mayor victoria de la fe (la resurrección de Cristo en todo el capítulo 15), el apóstol Pablo no cierra con un regaño, sino con una palabra de orientación y absoluta motivación: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58).

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La dirección de nuestras vidas no depende de las circunstancias que nos rodean, sino de la firmeza del fundamento que nos sostiene.

Pablo da esta palabra como un fundamento sobre el cual edificar nuestra motivación. La iglesia de Corinto, así como podría pasar en nuestras vidas privadas, necesitaba un fundamento sólido sobre el cual establecer su motivación para seguir trabajando y el Espíritu Santo a través de Pablo se los da.

El enfoque de nuestra identidad está en recordarnos quiénes somos: “Así que, hermanos míos amados...”.

Cuando una persona, comunidad de fe o familia pierde el rumbo, suele llenarse de críticas, distanciamiento o indiferencia. Lo primero que el Espíritu Santo hace a través de Pablo es sanar el tejido relacional recordándoles su identidad.

Somos una Familia (“Hermanos”). No somos una empresa, no somos un club social ni una organización política. Somos la familia de Dios. No debemos mirarnos como competidores o desconocidos y volver a mirarnos como hermanos.

Somos un Tesoro (“Amados”): La palabra aquí es agapetoi (amados con el amor incondicional de Dios). El desánimo nos hace creer que Dios se ha olvidado de nosotros. Pero antes de pedirnos que hagamos algo, Dios nos recuerda que nos ama. Para sanar y reorientarnos, debemos restaurar el amor mutuo ya sea en la iglesia, tu familia o donde se necesite restauración. Si queremos caminar juntos hacia adelante, primero debemos asegurarnos de que nadie se quede atrás herido. Necesitamos tomar una postura ante la crisis y buscar estabilidad en la tormenta.

El apóstol Pablo prosigue: “...estad firmes y constantes...”. La desorientación produce personas “inestables”, que se mudan de iglesia con facilidad, que abandonan los ministerios o que dudan de su llamado ante el primer problema. La Biblia nos llama a contraatacar con dos actitudes: 1) Estad Firmes (Griego: Hedraios): Se refiere a una estructura con cimientos profundos. Significa estar bien asentados en la verdad de Cristo. Una iglesia firme no se tambalea por los chismes, por las crisis económicas ni por los cambios culturales. Sabe en quién ha creído. Estad constantes (griego: Ametakinetos). Significa “inamovibles” o “persistentes”. Es la capacidad de mantener el ritmo. No es servir a Dios solo cuando todo va bien o cuando nos felicitan, sino mantener la disciplina de la fe (oración, palabra, servicio) aun cuando el panorama sea gris.

Dejemos de tomar decisiones espirituales basadas en emociones temporales. Si Dios nos llamó, tenemos que mantenernos en nuestro puesto de batalla. La constancia es el suelo donde crecen los milagros.

En el mundo, muchos esfuerzos se pierden o no reciben recompensa. Pero en el Reino de Dios, nada se pierde. Dios no es deudor de nadie. Él recompensará todo esfuerzo. Servimos a un Dios que ve en lo secreto y recompensa.

Etiquetas: #llamado#firmeza

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