• POR LA LIC. SELVA RIQUELME
  • Comunicadora, defensora de la templanza y la serenidad.

Vivimos en un mundo que corre sin mirar adónde va. Subimos la velocidad de los audios para no escuchar tres segundos de pausa, retira­mos la comida del microon­das antes de que el timbre señale el minuto final y ace­leramos el paso en la calle para no ceder el lugar a nadie. Hasta en la forma de escribir se nota: abreviaturas apre­suradas y emoticones han reemplazado a las palabras completas. Queremos todo para ayer, movidos por una ansiedad que muchas veces nace del afán de llegar pri­mero o de un deseo silencioso de no quedar atrás.

No escribo estas líneas desde el juicio ni la crítica hacia los demás. Escribo desde la empatía y la honestidad, reco­nociendo que yo también, en ciertas ocasiones, caigo en las trampas de la impaciencia. Han sido los propios resul­tados de mi ansiedad los que me han obligado a detenerme y reflexionar.

Por correr detrás del reloj, nos estamos perdiendo de la vida misma: un amanecer sereno, el color de un atarde­cer o la calidez de una con­versación pausada. La prisa desmedida no nos lleva a ningún puerto seguro; solo nos arrebata el presente. La vida es breve, pero siempre hay tiempo para lo que real­mente importa. Cultivar la calma no es perder el tiempo, es aprender a vivirlo. Haga­mos una pausa, respiremos y devolvámosle a nuestros días el valor de la serenidad.

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