- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Las calles siempre cuentan historias. Solo hay que saber escucharlas, prestar atención a lo cotidiano, a lo simple… y allí están como libros abiertos a nuestra imaginación construyendo realidades que muchas veces ignoramos.
A veces pensamos que ya nada puede sorprendernos, pero de pronto ocurre algo que cambia nuestra perspectiva de las cosas.
En mi vida vi mil maneras de ganarse la vida en un semáforo, desde vender poemas y alfileres hasta hacer malabares con pelotas, botellas o aros que vuelan, caen y terminan engañando nuestros sentidos.
Los semáforos son un mundo donde la pobreza, el chantaje y el arte conviven codeándose por unas monedas cada vez más escasas y escurridizas.
En un veloz cambio de luces, miles de personas luchan el día a día.
Todo está cronometrado.
Todo está calculado.
Unos segundos eternos que nos regalan desde frutas hasta nervios y alguna que otra alterada discusión.
Se repite, se copia, se multiplica a medida que la crisis afecta a las personas. Va de calle en calle, de día en día, como una gigantesca industria que crece del rojo al verde.
Lo vi desde el auto. Fue tan rápido como sorprendente.
Ató un lado de una cuerda a un árbol del paseo central, corrió al otro lado de la calle y ató el otro lado al poste del semáforo. No entendí lo que hacía hasta que, casi sin darme cuenta, el chico se equilibraba con unas pelotas, caminando de un lado a otro sobre la cuerda.
Flotaba en el aire, saltaba, se reía.
No sé cuánto duró. Me pareció una eternidad.
Era de tardecita, cuando la sombra comienza a cubrir poco a poco la ciudad.
Fue un espectáculo digno de un gran circo. Un artista de la vida. Una obra maestra que me dejó tan sorprendido como feliz. Sí, creo que esa fue la sensación que me hizo sentir aquel efímero espectáculo.
Desató un lado de la cuerda y corrió entre los autos reclamando una paga por su arte. Me pareció equitativo, digno.
El entretenimiento es la recompensa justa a un día agotador. Marca la diferencia entre el embrollo de nervios y las ganas de llegar a casa.
Continué el viaje. Iba repitiendo la imagen en mis pensamientos y sonriendo hasta llegar.
Mañana será otro día. Volveré a pasar por el mismo lugar y quizás la escena se vuelva a repetir o quizás no.
Pero algo quedó.
En medio del ruido, de los bocinazos, de las prisas y de las dificultades, aquel muchacho convirtió unos pocos segundos en un instante de belleza.
Quizás eso también sea una forma de ganarse la vida. No solamente con unas monedas, sino con talento, esfuerzo y dignidad.
La vida misma se va renovando, así, como un fugaz cambio de luces.
Y a veces, en ese breve instante entre el rojo y el verde, alguien puede recordarnos que todavía existe la capacidad de transformar la necesidad en arte y unos segundos cualquiera en un recuerdo que nos acompaña todo el camino de regreso a casa.
Pero esa… es otra historia.

