• Dr. José Duarte Penayo
  • Filósofo
  • Presidente de la ANEAES

El sociólogo e investigador Carlos Peris publicó un libro que reúne un archivo decisivo sobre el nacimiento y posterior clausura de la sociología en Paraguay. Sociología paraguaya, dos momentos reconstruye dos episodios separados por setenta años.

Por un lado, el nacimiento de la sociología de cátedra, a comienzos del siglo XX y, por otro lado, el cierre de la carrera de Sociología de la Universidad Católica, en 1983. Los articula con una hipótesis fuerte: la relación de la sociología con la Iglesia católica se transformó hasta invertir los lugares que cada una había ocupado.

Uno de los mayores méritos del libro es recuperar textos y documentos de archivo poco conocidos o de difícil acceso, que Peris rescata y vuelve a poner en circulación.

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Un opúsculo de 1914 sobre los orígenes de la sociología paraguaya, actas del Consejo Universitario de la Universidad Católica y el informe policial de la clausura son huellas que permiten reconstruir ambos momentos desde textos que se convierten en evidencia y permiten contrastar ciertas simplificaciones surgidas del testimonio de sus protagonistas.

La recepción de la sociología en Paraguay se sitúa, para el autor, en septiembre de 1913, en Villarrica, cuando el conferencista chileno Juan José Julio y Elizalde fue golpeado y dado por muerto al terminar una charla sobre el positivismo de Auguste Comte, luego de que el párroco local considerara que no debía realizarse.

Elizalde sobrevivió y, meses después, librepensadores asuncenos publicaron en su homenaje El ideal de Augusto Comte y su primer bautismo de sangre, encabezado por Cecilio Báez, intelectual liberal, expresidente de la República y fundador, en 1900, de la primera cátedra de sociología del país.

El segundo momento data de 1972, cuando profesores buscaron abrir la formación profesional en sociología, mientras el régimen stronista impedía que la carrera se impartiera en la Universidad Nacional de Asunción. La Universidad Católica ofreció entonces el único margen para un programa con autonomía formativa. Peris resalta que la ciencia social que en Paraguay había nacido enfrentando a la Iglesia, encontró en ésta, medio siglo más tarde, a su único anfitrión posible, aunque esa misma casa decidió su clausura el 23 de abril de 1983.

Las actas de la Universidad que Peris consigna son reveladoras. Los argumentos para su cierre aparecen fundamentados en la escasa matrícula y los costos, dado que la carrera nunca superó los cuarenta alumnos (recibió un solo inscripto en 1982) y produjo cuatro egresados en seis años.

El autor muestra que, a diferencia de la Argentina y el Chile de aquellos años, donde los militares intervinieron directamente las carreras, en Paraguay no existe constancia documental de una intervención del gobierno de Stroessner en la clausura. Sin embargo, un informe policial permite asomarse a la trastienda, pues allí se afirma que trasladar Sociología al posgrado permitiría “evitar la manifestación ideológica”.

A pesar de ello, la sociología siguió fuera de la universidad, específicamente en el Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos (CEPES), donde se investigaba sobre población y el desarrollo. Incluso, algunos de sus miembros colaboraron con la Secretaría Técnica de Planificación dentro del proceso modernizador del Estado.

Lorena Soler documentó esta dimensión en Los oficios del sociólogo en Paraguay, mostrando que no había incompatibilidad entre “la modernización stronista y el proyecto del CEPES”. La sociología encontró espacio allí donde su saber resultaba útil para planificar y administrar el orden.

Volviendo a la obra de Peris, su lectura me lleva a considerar que la primera derrota de la sociología naciente del siglo XX paraguayo se produjo en la memoria de posguerra. En 1902 Cecilio Báez mantuvo una viva polémica con Juan E. O’Leary sobre Francisco Solano López. Si bien discutían sobre historia, en realidad subyacía un intercambio de posiciones la reconstrucción de la comunidad devastada producto de la Guerra Grande.

El desenlace del debate fue la existencia de dos grandes interpretaciones sobre el pasado. Los textos de Báez, incluidos sus manuales de sociología, quedaron confinados al interés especializado, mientras el roman national -Jules Michelet dixit- de O’Leary continúa vivo en las expresiones mediante las cuales los paraguayos reconocemos nuestra pertenencia nacional.

Considero, por ello, que hubo más “imaginación sociológica” (en el sentido de Charles Wright Mills) en el campo del nacionalismo que en la naciente sociología paraguaya. Creo que los nacionalistas comprendieron mejor la potencia de lo social que la sociología de cátedra, porque practicaron una hermenéutica social en acto, entendiendo que ningún orden se construye sobre una sociedad vacía y que toda comunidad supone fidelidades y símbolos para reorganizarse.

Los dos episodios terminan comunicándose a través de una pregunta que el libro impulsa a pensar: ¿puede la sociología ser contestataria sin atender, al mismo tiempo, al motivo de su nacimiento como ciencia social, es decir, pensar el orden y las condiciones de su construcción?

La sociología de cátedra cuestionó las tradiciones nacionales desde un proyecto liberal y laico, y perdió la batalla cultural frente a un nacionalismo que supo trabajar con los materiales de la cohesión.

Luego, en los años setenta, halló fuerza fuera de la universidad porque participaba, bajo un régimen autoritario, en la organización del orden de una sociedad en transformación, cumpliendo con su función originaria.

Acaso estas dos derrotas permitan reconocer el reverso de “dos victorias” de la sociología paraguaya, en particular de aquella interesada en pensar el orden y la cohesión social.

La primera fue la participación de determinados sociólogos en la formulación de políticas públicas durante el régimen de Stroessner.

La segunda ocurrió desde 2003, bajo otro gobierno colorado, cuando referentes de la sociología fueron convocados para liderar el primer Gabinete Social de la democracia.

Desde allí impulsaron las primeras políticas de transferencias condicionadas y sentaron las bases de un sistema de protección social que, hasta hoy, enfrenta enormes desafíos.

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