- POR LIC. SELVA RIQUELME
- Comunicadora y defensora del diseño universal
Hay días en los que uno preferiría compartir reflexiones amables, especialmente un domingo. Sin embargo, tras cuatro días masticando la indignación y la impotencia ante una realidad que quema, el silencio deja de ser una opción. Hoy, en un momento de pausa, se vuelve imperativo poner en palabras una herida abierta en nuestra infraestructura vial y en la gestión pública de Paraguay.
¿Cuántas vidas tuvieron que apagarse en la zona de Pedrozo (Ypacaraí) para que las autoridades reaccionaran? Múltiples tragedias y fatales accidentes de tránsito en este tramo de la Ruta PY02 expusieron la urgencia de soluciones viales, pero la respuesta estatal no solo llegó tarde, sino que llegó mal, teñida de un capacitismo rancio y de una preocupante falta de empatía y sentido común.
Tras la presión ciudadana, la respuesta en Pedrozo fue retirar el semáforo e instalar una pasarela con un ascensor excluyente que, para colmo, requiere superar un desnivel previo y tocar un timbre para rogar que alguien, desde la distancia, habilite el paso. Para mayor indignación, hasta ayer por la mañana el tan anunciado ascensor ni siquiera se encontraba en funcionamiento, permaneciendo fuera de servicio precisamente cuando la gente más lo necesitaba. Como remate de esta improvisación, prometieron minibuses adaptados las 24 horas que brillan por su ausencia, mientras una escalera alta e inaccesible condena al resto de los peatones a arriesgar la vida para llegar a la parada.
Esta obra en Pedrozo es el monumento a la desconexión pública. Revela lo lejos que está el Estado paraguayo de cumplir con la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, la cual ratificó en el papel pero vulnera en la práctica. Al encasillar la accesibilidad en un ascensor burocrático, fuera de servicio e inservible, se evidencia una ceguera institucional absoluta hacia el Diseño Universal.
Una rampa continua y bien concebida no solo habría resuelto el tránsito de una persona en silla de ruedas; habría servido para adultos mayores, mujeres embarazadas, familias con carritos de bebé, personas con movilidad reducida o personas con sobrepeso. El diseño universal no es un lujo ni un favor: es democratizar el espacio público para todas y todos sin distinción.
Resulta inadmisible que las políticas públicas se sigan diseñando desde escritorios desconectados de la realidad, ignorando el principio fundamental de “Nada sobre nosotros sin nosotros”. La ciudadanía no necesita parches improvisados ni soluciones cosméticas que entorpecen la vida cotidiana; exige participación real en la planificación de sus ciudades.
Es hora de abandonar la mirada asistencialista y entender que la accesibilidad es un derecho humano básico. Exigimos un cambio radical de paradigma: que las obras públicas dejen de cobrarse vidas y que el diseño universal sea, de una vez por todas, la norma y no la excepción.

