El liderazgo no es una plataforma para la comodidad; a veces se siente pesado e ingrato. No es fácil salir del ego, dar la cara cuando las cosas salen mal o hacerse cargo del impacto de decisiones aje­nas. Sin embargo, cuando las situaciones se ponen difíciles, la mayoría busca excusas, pero el verdadero líder da un paso al frente y se hace escuchar y sentir.

Cuando una persona comprende su misión y asume esa responsabilidad sin reservas, su presencia y lo que dice adquiere fuerza. Hace un tiempo, un mentor mío tuvo la oportunidad de reunirse personalmente con Nayib Bukele, presidente de El Salva­dor. Al darme los detalles de ese encuentro tan especial, me dijo algo que me quedó grabado: “No sabés el aura que tiene, está en otra dimensión, cuando habla la gente escucha, es como si tuviera una energía divina”. Y cómo no tenerla, cuando se trata de alguien que se jugó entero para transformar a su país, guiado por valo­res innegociables y colocando a su pueblo en primer lugar. Como dice el Evangelio según San Mateo (22:14), “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. No todos podemos liderar a este nivel.

Ahora bien, para sostener ese peso del liderazgo sin quebrarse y lograr que el propósito se materialice, se necesita visión, valentía, coherencia, un equipo íntegro, buena comunicación y humil­dad. Es precisamente la humildad la que abre la puerta a comprender la necesidad a través de la escucha, el diálogo y la conexión. Cuando la comunicación falla, los resultados son devastadores, vemos matrimonios quebrados, empresas sin rumbo, hijos sin acompañamiento y gobiernos desconectados de la realidad de su gente.

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Si queremos transformar nuestros entor­nos, debemos dominar el arte de transmi­tir un mensaje con propósito e influen­cia. Recordemos el conocido discurso de Martin Luther King Jr., “I have a dream”; cada palabra pronunciada conectó con la realidad, las personas se vieron identifi­cadas y tocadas al nivel de tomar acción. Un comunicador con tremenda influen­cia porque su sueño no se trataba de él, se trataba de “todos”.

Para crecer en el arte de comunicar y conectar existen cuatro preguntas que debemos hacernos. Primero, ¿qué quiero que la gente vea? Sus propias posibilida­des. Segundo, ¿qué quiero que la gente sepa? Cuánto valen. Tercero, ¿qué quiero que la gente sienta? Empoderamiento. Y cuarto, ¿qué quiero que la gente haga? Que tomen acción.

Cuando el propósito y la responsabilidad son grandes, no hay espacio para la pasi­vidad. Un líder no tiene otra opción que saber comunicar, conectar e influenciar. Pensemos también en la capacidad de Winston Churchill para articular espe­ranza y firmeza en los momentos más oscuros de la historia; sus palabras no solo informaban, movilizaban el espí­ritu de toda una nación. Liderar duele y exige, pero cuando se ejerce desde la escucha, la comunicación auténtica y el deseo de servir, el impacto cambia rea­lidades para siempre.

Etiquetas: #El liderazgo

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