- POR GABRIELA TEASDALE
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
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El liderazgo no es una plataforma para la comodidad; a veces se siente pesado e ingrato. No es fácil salir del ego, dar la cara cuando las cosas salen mal o hacerse cargo del impacto de decisiones ajenas. Sin embargo, cuando las situaciones se ponen difíciles, la mayoría busca excusas, pero el verdadero líder da un paso al frente y se hace escuchar y sentir.
Cuando una persona comprende su misión y asume esa responsabilidad sin reservas, su presencia y lo que dice adquiere fuerza. Hace un tiempo, un mentor mío tuvo la oportunidad de reunirse personalmente con Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Al darme los detalles de ese encuentro tan especial, me dijo algo que me quedó grabado: “No sabés el aura que tiene, está en otra dimensión, cuando habla la gente escucha, es como si tuviera una energía divina”. Y cómo no tenerla, cuando se trata de alguien que se jugó entero para transformar a su país, guiado por valores innegociables y colocando a su pueblo en primer lugar. Como dice el Evangelio según San Mateo (22:14), “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. No todos podemos liderar a este nivel.
Ahora bien, para sostener ese peso del liderazgo sin quebrarse y lograr que el propósito se materialice, se necesita visión, valentía, coherencia, un equipo íntegro, buena comunicación y humildad. Es precisamente la humildad la que abre la puerta a comprender la necesidad a través de la escucha, el diálogo y la conexión. Cuando la comunicación falla, los resultados son devastadores, vemos matrimonios quebrados, empresas sin rumbo, hijos sin acompañamiento y gobiernos desconectados de la realidad de su gente.
Si queremos transformar nuestros entornos, debemos dominar el arte de transmitir un mensaje con propósito e influencia. Recordemos el conocido discurso de Martin Luther King Jr., “I have a dream”; cada palabra pronunciada conectó con la realidad, las personas se vieron identificadas y tocadas al nivel de tomar acción. Un comunicador con tremenda influencia porque su sueño no se trataba de él, se trataba de “todos”.
Para crecer en el arte de comunicar y conectar existen cuatro preguntas que debemos hacernos. Primero, ¿qué quiero que la gente vea? Sus propias posibilidades. Segundo, ¿qué quiero que la gente sepa? Cuánto valen. Tercero, ¿qué quiero que la gente sienta? Empoderamiento. Y cuarto, ¿qué quiero que la gente haga? Que tomen acción.
Cuando el propósito y la responsabilidad son grandes, no hay espacio para la pasividad. Un líder no tiene otra opción que saber comunicar, conectar e influenciar. Pensemos también en la capacidad de Winston Churchill para articular esperanza y firmeza en los momentos más oscuros de la historia; sus palabras no solo informaban, movilizaban el espíritu de toda una nación. Liderar duele y exige, pero cuando se ejerce desde la escucha, la comunicación auténtica y el deseo de servir, el impacto cambia realidades para siempre.

