- Por Marcos Bardagi
- Profesor de FDC, Brasil
Vivimos una época de incertidumbres estridentes; eso ya resulta más que evidente. Y, en el mundo de la gestión, muchos todavía prometen frameworks supuestamente infalibles para protegernos, aseguran que los datos resolverán todo, presentan indicadores como conclusiones absolutas y estrategias como soluciones ya probadas. Error. Lo único que tenemos son hipótesis.
Por eso, Montaigne. El hombre que, en el siglo XVI, inauguró una nueva forma de escritura: los Ensayos. Essai, en francés, significa intento, prueba, experimento.
Montaigne inventó un género literario cuyo nombre constituye una auténtica declaración de método: esto es una hipótesis, no una conclusión. Y realizó innumerables ensayos. Quizás creó el primer laboratorio de pruebas y prototipado de la historia, aunque, en su caso, se trataba de una biblioteca.
Detengámonos a considerar la magnitud de tal audacia. En una época en la que escribir significaba demostrar una verdad, publicó un libro cuyo título anunciaba que el autor simplemente estaba experimentando. Fue el primer MVP de la historia intelectual de Occidente, lanzado en versión beta y mantenido en beta permanente. Y una de sus frases predilectas resuena como una proclama visionaria:
“No afirmar nada temerariamente, no negar nada con ligereza”.
Así es como se construye la innovación, aún hoy.
Pero no solo por eso es tiempo de Montaigne. También puede inspirarnos a través de muchas otras ideas. Tenía cerca de sesenta frases pintadas en el techo de su torre, donde se retiró del mundo en 1571 para escribir los Ensayos. Podríamos dedicar un espacio a cada una de ellas, pero no sería posible aquí. Todas eran citas en latín y griego de los grandes clásicos.
Sin embargo, algunas otras perlas de Montaigne destacan demasiado como para dejarlas pasar.
Como cuando afirma:
“No temo el juicio de ningún juez; mi conciencia me exige mucho más que la ley”.
Se trata de una elevación moral extraordinaria, algo que hoy necesitamos más que nunca. Se tomaba este principio tan en serio que era solicitado como mediador en situaciones de crisis diplomáticas por ambas partes, ya que todos reconocían su neutralidad.
Es importante recordar que la neutralidad no es indiferencia, ni tampoco la cobardía de no tener una posición. Es la disciplina de mantener la propia capacidad de juicio fuera del mercado de las concesiones e intercambios. El negociador que ya ha vendido su conciencia a una de las partes no es un negociador; es un representante comercial. Y el consejero que coincide con el accionista controlador en el cien por ciento de los asuntos no está siendo leal; está siendo inútil.
Finalmente, como emblema de su personalidad, Montaigne se hacía acompañar por una frase socrática formulada como pregunta: Que sais-je? o ¿Qué sé yo?
Esa actitud es precisamente la que hoy podemos asociar con la creación de un entorno de Seguridad Psicológica. Nuestras investigaciones más recientes indican que, en empresas con altos niveles de Seguridad Psicológica, la calidad de la toma de decisiones puede llegar a ser hasta tres veces superior. La calidad de las decisiones está limitada por la calidad de las personas autorizadas a discrepar de usted.
Montaigne trabajaba en red, manteniendo correspondencia con diversos interlocutores y en interacción constante incluso con adversarios políticos. Construyó deliberadamente un mecanismo mediante el cual permanecía expuesto a opiniones contrarias, cuestionamientos y a un conjunto de personas capaces de decirle que estaba equivocado. [28. Marcos...Montaigne | Word]
En definitiva: innovación, ética elevada y seguridad psicológica. Un menú perfectamente adecuado para los tiempos actuales. Por eso, es tiempo de Montaigne.
¿Y usted? En su última reunión de directorio, ¿cuántas veces dijo “no lo sé”? [28.

