- POR CLAUDIO ACOSTA
- Socio del Club de Ejecutivos del Paraguay
Durante décadas, las organizaciones apostaron a una idea simple: cuanto más supiéramos sobre el negocio y su entorno, mejores decisiones tomaríamos.
Decíamos: “La información es poder”, construimos entonces sistemas de investigación de mercado, business intelligence, etc. Y ahora la inteligencia artificial parece ser la culminación de ese camino. Es entonces cuando descubrimos que cambia el problema de raíz.
La IA abarata de manera abrupta el costo de producir respuestas: sintetiza documentos, compara escenarios, redacta, genera alternativas. Lo que antes exigía días de trabajo hoy lo generás en minutos. Pero cuando las respuestas se multiplican más rápido que el capital, el tiempo, la atención y la capacidad de ejecución, la restricción se termina desplazando hacia la decisión.
Herbert Simon lo anticipó hace medio siglo: una riqueza de información consume aquello que la información requiere, que es atención. En un entorno donde se puede generar análisis casi a voluntad, el recurso escaso pasa a ser la capacidad de seleccionar.
A esa capacidad la llamo CRITERIO: interpretar la información, determinar qué es relevante en cada contexto, integrar experiencia, valores, emociones y consecuencias, calibrar cuánto confiar en la propia lectura y convertir todo eso en una decisión responsable bajo incertidumbre. La información nunca decide sola. Dos directorios pueden conocer los mismos riesgos y construir prioridades opuestas. En ese espacio entre el dato y la acción se juega la dirección de todos los recursos.
Lo aprendí sentado en la silla del que decide, tomando buenas y malas decisiones. Y esa experiencia me enseñó algo: el criterio no es solo un talento individual. Puede diseñarse, al menos en parte, dentro de la organización. Las empresas que preservan independencia de pensamiento, hacen circular la información incómoda, explican su incertidumbre y revisan cómo decidieron acumulan algo más valioso que una colección de aciertos: una manera progresivamente mejor de decidir.
A esta altura, conviene no confundir criterio con resultado. Una decisión bien tomada puede terminar mal, y una decisión temeraria puede salir bien porque el mundo tiene su cuota de azar, entre otras cosas. Por eso el criterio se evalúa mirando el proceso antes que el desenlace: los supuestos que se pusieron sobre la mesa, las alternativas que se exploraron y la evidencia contraria que alguien se animó a traer. El ejecutivo maduro juzga sus decisiones por cómo fueron tomadas, no solo por cómo terminaron.
Para un ejecutivo, un CEO o un directorio, la implicancia es concreta.
La ventaja futura dependerá menos de poseer abundante análisis y dependerá más de cómo transformar ese análisis en mejores asignaciones de atención, capital, talento y tiempo. Pasamos décadas construyendo sistemas de información. La próxima frontera es construir sistemas de criterio de decisión. Cuanto más fácil sea generar posibles respuestas, más importará saber cuáles merecen convertirse en acción gracias al criterio de decisión.

