- Por José Duarte Penayo
- Filósofo. Presidente de la ANEAES
Pensar las cuestiones de fondo del desarrollo nacional y sus desafíos requiere un desplazamiento de la pregunta sobre si nuestro país necesita más Estado o menos Estado. Sin embargo, antes de esta discusión, es urgente volver a la pregunta sobre el fin mismo de su existencia y, sobre todo, a qué realidad debe servir. Planteado de este modo, y utilizando una definición restringida de Estado (la que lo asocia a su andamiaje burocrático, su andamiaje institucional), abrimos el problema de justificarlo en un orden más amplio.
Es en ese sentido que podemos proponer una distinción de tres conceptos: nación, Estado y desarrollo, en ese orden de relevancia. La nación constituye una realidad histórica y social concreta, formada por familias, comunidades, lengua, costumbres, memorias y formas de solidaridad acumuladas a través del tiempo.
El Estado, lejos de ser un fin en sí mismo, es el orden institucional y jurídico de la comunidad nacional en cuestión. No es el fin de la vida colectiva ni el sujeto que crea desde arriba a la sociedad, al menos no es el caso preciso de Paraguay y es dudoso que lo sea de ninguna sociedad, sino, más bien, el Estado es el efecto de la lucha de un pueblo por la expresión de su inventiva.
El desarrollo, finalmente, no puede reducirse al crecimiento de las estructuras administrativas ni tampoco a la simple expansión de indicadores económicos. Más bien consiste en el despliegue efectivo de las capacidades materiales, científicas, técnicas y culturales de una comunidad nacional.
La nación tiene, por lo tanto, una anterioridad histórica y social respecto del Estado, aunque ambos terminen vinculándose de manera inseparable en la experiencia moderna. El Estado puede contribuir poderosamente a desarrollar una nación o, por el contrario, obstaculizarla, ya que tiene la potestad de organizar una sociedad, protegerla, coordinarla e incluso abrirla a posibilidades que anteriormente le eran impensadas. Pero siempre actúa sobre una realidad social y cultural cuya consistencia no comienza con la administración pública.
Planteo, de este modo, una diferencia decisiva con el constructivismo de Hobsbawm, Anderson y otros cultores de la estatalidad instituyente. Bien antes que las instituciones jurídicas se da la existencia de una memoria, una lengua, unas costumbres y una comunidad histórica que no comienzan por ser simplemente “imaginadas”, sino que pertenecen a la realidad misma de lo social. Por eso conserva toda su fuerza y plena vigencia la fórmula de Natalicio González de El Estado servidor del hombre libre, es decir, un Estado que no antecede ni absorbe a la sociedad, sino que crea las condiciones para que el hombre concreto, arraigado en su familia, su cultura y su nación, pueda trabajar, crear, asociarse y realizar su libertad de modo concreto.
Un Estado servidor, entonces, no es un Estado débil. Es un Estado que actúa movido por un fin, el de ser expresión de las más altas potencialidades un pueblo y, precisamente por eso, puede concentrar su fuerza allí donde resulta necesaria. Ese y no otro es el corazón natalicista del orden social. Adaptado a nuestra coyuntura, eso significar garantizar, por ejemplo, seguridad jurídica, infraestructura, educación, salud, condiciones efectivas de libre competencia y protección de los bienes comunes.
De ese modo, se construye el camino para que las familias, las empresas, las universidades, las cooperativas, los gremios y los cuerpos intermedios puedan desplegar aquello que saben hacer. La función del Estado no debería ser la de sustituir las energías sociales, sino liberarlas, coordinarlas y potenciarlas.
Esta concepción puede ser pensada en estricta relación con el “principio de subsidiariedad”, noción central en la doctrina social de la Iglesia católica. Con base en dicho principio, la instancia estatal no debe apropiarse de aquello que las comunidades pueden realizar adecuadamente. Esto no significa que el Estado pueda desentenderse cuando las capacidades existentes son insuficientes, sino que la posibilidad de su intervención debe estar restringida a la corrección de asimetrías, la orientación de esfuerzos estratégicos y la remoción de todo obstáculo para el desarrollo. Su criterio nunca puede ser la expansión de su propia estructura, sino poder facilitar a la comunidad el desarrollo de sus capacidades productivas de manera libre.
Ese principio tiene consecuencias económicas concretas: Paraguay debe transformar sus ventajas comparativas en energía, territorio, población, producción agropecuaria y logística en capacidades nacionales más complejas, mediante alianzas entre el Estado, las universidades, la investigación y los sectores productivos. Nuestro desarrollo exige ciencia aplicada, innovación, formación técnica y transferencia tecnológica, pero también un Estado eficiente, capaz de evitar burocracias redundantes y orientar sus recursos hacia objetivos nacionales.
Para ello, un Estado servidor debe ser austero donde sobra y fuerte donde hace falta. Debe, asimismo, ser ambicioso en la construcción de capacidades que permitan convertir nuestros recursos en conocimiento y productividad.
El programa que propongo puede resumirse en un orden sencillo. Primero la nación, porque ella es acervo de la identidad que nos distingue, la memoria de los que ya no están, de los que luchan diariamente y de las generaciones que vendrán, en la historia sin fin del Paraguay Eterno. Luego el desarrollo, entendido como el despliegue concreto, específico de todo lo que potencialmente tiene nuestra nación, de sus capacidades humanas, productivas, científicas y culturales. Y finalmente el Estado, como instrumento y no como fin en sí mismo, al servicio de una finalidad: la felicidad y la libertad del pueblo paraguayo.
Paraguay no necesita que el Estado (y mucho menos las agendas globales) le invente un alma que ya existe y perdura en la entonación de nuestra lengua, en el canto popular de las celebraciones populares, en la memoria sagrada de los héroes que dieron la vida por la patria. Lo que necesita nuestro país son instituciones capaces de reconocerlas, darle condiciones para expresarse y convertir esa libertad concreta en conocimiento, trabajo, producción y bienestar. Allí debería comenzar una política nacional de desarrollo que pueda sobrevivir a los gobiernos y convertirse, por fin, en proyecto de país.

