• POR EMILIO AGÜERO ESGAIB
  • Pastor

Como humanos nuestro mayor peligro es que nues­tro sistema inmunológico falle. Si eso falla, cualquier enfermedad, por pequeña que sea, nos puede llegar a matar. Espiritual y moral­mente ese sistema inmuno­lógico es el discernimiento entre el bien y el mal y, aun­que todos tenemos ese dis­cernimiento natural llamado conciencia, la única manera de distinguir en verdad y profundizar las motivacio­nes más internas que tene­mos es a través de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo.

En Jeremías 17:9 dice: “Enga­ñoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Acá nos muestra que nuestra concien­cia también está corrompida y, aunque es una guía, no es totalmente segura. El verso 10 dice: “Yo, Jehová, que escu­driño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”. Acá nos dice que Dios es el que escu­driña el corazón ¿y cómo lo hace? A través de su Palabra, la Biblia. La Biblia es el espejo en que se debe medir nuestra conciencia de manera efec­tiva, es la vara de Dios, no la nuestra, la que finalmente nos muestra lo más profundo de nuestro corazón.

Leemos en 2 Corintios 10:3-5: “(3) Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; (4) porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino podero­sas en Dios para destrucción de fortalezas, (5) derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conoci­miento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. El verso 3 nos dice que no andamos en la carne (fuerzas humanas) ni peleamos con elementos humanos carnales ni con fuerza humana. La versión bíblica NTV (Nueva Traduc­ción Viviente) dice “somos humanos, pero no luchamos como lo hacen los humanos”. O sea, no devolvemos mal por mal, no nos vengamos, no pla­neamos mal contra nuestro prójimo, buscamos la humil­dad.

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El sistema inmunológico se fortalece, primero, “derri­bando todo argumento y altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios” y, segundo, “llevando cautivo todo pensamiento a la obe­diencia de Cristo”. El cono­cimiento de su Palabra nos ayuda a diferenciar la ver­dad de la mentira y el acierto del error. Sin esto estamos totalmente expuestos a cualquier cosa. Es solo a través de esos dos canales que el ser humano puede calibrar y ajustar su vida de tal manera que agrade a Dios. Solo con el conoci­miento de la palabra de Dios y la ayuda del Espíritu Santo podemos llegar a profundi­zar la voluntad de Dios para nuestras vidas de manera correcta.

Lo otro que fortalece ese sistema inmunológico es la familia, una familia sana, no perfecta.

Hace un tiempo quería predi­car sobre la prosperidad, pero desde un equilibrio bíblico y le pregunté a mi esposa qué podría predicar para hablar de eso y ella me dijo: “Ensé­ñales a amar y cuidar a sus familias, esa es la verdadera prosperidad”.

Veo que la gente busca man­tener la familia unida, busca transmitir su visión y la fe de generación en generación y eso es una gran cosa, pero, como todos en este mundo, tenemos luchas.

Sé qué hay muchas luchas en las familias y por las familias. Sé que algunos han perdido la suya. No se trata de fastidiar a la gente, sino de animarla a mantener sus familias; a los que la han perdido, a recupe­rarla con fe y humildad, y a los que ya no hay posibilidad de hacerlo, que Dios les sos­tenga y restaure de manera bíblica. Dios quiere bendecir las familias.

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