• Por Aníbal Saucedo Rodas

Nuestro pueblo nunca se dejó intimidar por el derrotismo. Fue protagonista de su propia resurrección, después del genocidio de 1870 ejecutado por Argentina, Brasil y Uruguay en la llamada guerra contra la Triple Alianza, que tuvo a Inglaterra como instigador. Y financista, argumentan algunos historiadores. Con un país arrasado, una población diezmada y una pretensión de exterminio que no respetó a mujeres, niños y ancianos, los sobrevivientes no perdieron la fe ni la dignidad, porque los vencedores podrían quitarles todo, menos el honor. Defendieron la patria, palmo a palmo, en un largo vía crucis que culminó en el “Gólgota de América, llamado Cerro Corá”, al decir del poeta pilarense Carlos Miguel Jiménez. Se repuso también a la contienda bélica con Bolivia, inflamada por intereses de empresas con emblemas de otro imperio. Logró levantarse de revoluciones fratricidas, una y otra vez, como las de 1922-1923 y 1947, mientras se secaban los sembradíos y los campesinos eran arreados como carne de cañón. Soportó estoicamente repetidas dictaduras, siendo la más larga la del general Alfredo Stroessner, que sometió a la población durante 35 años.

Es el mismo pueblo que no se dejó arrebatar por el estigma del determinismo fatalista del “ñande péicha guaránte”. Así que sus miembros más débiles decidieron romper la herencia trágica de la pobreza y la ignorancia juntando sus escasos recursos para que sus hijos lograran estudiar. No todos, sin embargo, pudieron perseguir ese sueño, porque muchos niños y niñas tenían que trabajar duramente junto a sus padres para que sus familias pudieran sobrevivir. Un Estado indolente y usurpado miraba hacia otro lado. Hacia el lado de los espurios privilegios de una casta que convirtió en dominio privado los bienes públicos. Y en medio de ellos aparecieron hombres y mujeres que dedicaron su vida a promover la redención de los huérfanos sociales y los desterrados de su propia tierra. Líderes auténticos y no de opereta, ridículos y superficiales.

No es el nuestro un pueblo pesimista ni derrotado, solo está cansado y decepcionado. El escepticismo no es en relación con sus fuerzas interiores, sino ante la posibilidad de un cambio radical que acompañen los gobernantes de turno que, salvo aisladas excepciones, se lían en esa ecuación maldita de la impunidad, que genera más corrupción, en un devastador y sistemático andamiaje. Fatal, añadiría, que obstaculiza la prosperidad de la gente que honradamente se gana el pan diario. Esa impunidad se proyecta en complicidad cuando los ladrones del erario, a pesar de las pruebas contundentes de su desastrosa gestión, hoy se contornean ante los medios de comunicación obsecuentes robando citas ajenas para fingir una intelectualidad de la que adolecen, en la misma medida en que carecen de ética y moral. Son los mistificadores del perverso cual falso refrán de que “en política todo vale”. Llegar al poder, desde este pensamiento, es el único objetivo. Las vías son las que menos interesan. Un árbol que nació contaminado no es apto para dar frutos sanos ni buenos. No puede enderezar su torcido tronco, porque así lo impiden los métodos y los aportes que le permitieron alcanzar su meta. Por esas mismas razones gobernar se torna complicado. Y en este caldo de ingredientes variopintos también hay que añadir las improvisaciones, la terquedad para mantener en sus cargos a personas incompetentes y las ambiciones que rompen la barrera de la prudencia.

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A pesar de que el infortunio se enamoró del Paraguay (Roa Bastos), hay un pueblo que resiste y fortalece su esperanza en el futuro. Intercambia sus frustraciones del presente con la felicidad de sus descendientes. El “sí, se puede” no es un grito de guerra del fútbol. Se transmitió al fútbol de la vida cotidiana. De ese trabajador que aguarda con desesperación el fin de mes, confiado en que al otro día le irá mejor. Es el que, al borde de una desgracia mayor, te responde: “Iporãnte”. Hay que conocer el espíritu de nuestro pueblo antes de etiquetarlo. Saber que, empujando al país, camina hacia su irrenunciable destino de grandeza. Buen provecho.

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