- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
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En la conocida canción de Diego Torres, la vida se compara con un vals, una danza de pasos hacia adelante y hacia atrás, de giros inesperados donde la alegría y la tristeza se entrelazan. Todos, sin excepción alguna, enfrentamos momentos donde el dolor toca a nuestra puerta. Nadie posee un boleto de inmunidad frente a la adversidad.
En mi recorrido personal me ha tocado atravesar montañas muy complejas. Conozco la incertidumbre de la enfermedad de un padre, el desvelo por un hermano y el abismo emocional de acompañar a mi hija durante una operación de tumor cerebral. Fueron etapas oscuras, momentos donde el piso pareció desaparecer bajo mis pies. Pero, poco a poco, aprendí a no pelear contra esas circunstancias, sino a abrazar las lecciones profundas que cada prueba traía consigo.
El dolor nos transforma. Es imposible atravesar el fuego y seguir siendo la misma persona. Las crisis nos obligan a madurar, nos despojan de lo superficial y nos enseñan a mirar la existencia desde una perspectiva mucho más consciente.
Existe una historia fascinante plasmada en el libro del sacerdote y escritor español Ramón Cue. En su relato, un religioso adquirió una figura de Cristo mutilada con la intención de restaurarla. Cuando estaba por comenzar el trabajo, una voz interior le pidió que la dejara tal como estaba. Aquella imagen sin manos ni piernas debía permanecer rota para recordar a quien la mirara sobre el sufrimiento humano y la necesidad de compasión. Nos cuesta aceptar las piezas rotas, tendemos a esconder los pedazos que se quiebran en nuestro interior. Pero la realidad es que las marcas que llevamos cuentan quiénes somos y cuánto hemos sido capaces de resistir.
Desde mi labor en la formación de líderes comprendí que la enseñanza más poderosa no nace de los éxitos ni de la teoría, sino de la vulnerabilidad. Mostrarme con mis propias cicatrices me permite conectar desde la esencia humana. Compartir mis propias experiencias busca alivianar la carga de quienes hoy atraviesan su propia tempestad.
Por eso quiero animarte a que compartas tu historia y enfrentes la batalla que estás atravesando con una actitud de fe y esperanza. Elegí reconstruirte paso a paso, pieza por pieza, porque quedarse paralizado en el sufrimiento solo prolonga la herida y le quita espacio a la sanación. Y no olvides que romperse no es el final de la historia. Cada quiebre representa una oportunidad para renacer con mayor fortaleza, empatía y propósito.
Las dificultades son inevitables, pero la desesperanza es una elección. Aceptemos el ritmo cambiante de esta danza, confiemos en nuestra capacidad de recuperación y sigamos adelante. En medio de cualquier tormenta, siempre existe la posibilidad de encontrar luz y aprender a bailar de nuevo ese vals.

