- Víctor Pavón (*)
El hecho de que alguien resulte electo por el voto popular no es garantía de que luego no violará nuestra libertad y propiedad mediante el formalismo democrático. Considero inaceptable que se decida sobre otros sin el consentimiento previo de la verdadera mayoría del pueblo y cito lo relacionado a impuestos, salarios, deudas, gastos y privilegios de toda persona en el Estado.
La historia muestra la omnipotencia del poder, que puede todo. La monarquía, el gobierno de uno, terminó en tiranía; la aristocracia, el de los mejores, dio origen a la oligarquía; y la República, el gobierno de la Constitución, se degeneró en democracia.
Esto es lo que tenemos y puede ser peor. Desde mis años mozos me ha fascinado este tema y se inició cuando tuve la ocasión de leer en la biblioteca de mi padre un libro que parecía “antiguo” y creí sería intrascendente para lo que buscaba en ese momento, pero me equivoqué.
La lectura de los clásicos es vital para la comprensión del ser humano y de su contexto social. Aristóteles, por ejemplo, en su Politeía que, por cierto, no se publicó como un libro como hoy conocemos, sino que fue escrito como notas de sus clases entre el 330 a. C. y el 323 a. C. advierte sobre la democracia.
Consideraba a la misma como un peligro para el futuro de Atenas. Dada su naturaleza, la democracia – que ya es una degeneración de la República– se degrada en demagogia y populismo.
El interés de los grupos relacionados al poder se vuelven superiores a la ley natural y al sentido común. Aristóteles llegó a la conclusión que la democracia priorizando a la mayoría se convierte en una práctica constante por el cual la cantidad de votos vale más que la calidad de los argumentos y propuestas.
La justicia va desapareciendo por la destrucción del noble concepto de la igualdad ante la ley a través de jueces prevaricadores alineados al poder. Hoy vemos a diario como la democracia exacerba las pasiones del pueblo. Los que disponen de recursos y desean ser parte del poder solo tienen que congraciarse mediante “promesas” con una parte del electorado para obtener el porcentaje mínimo de votos necesario para ser electos.
Ciertamente estoy de acuerdo en que las personas deban ser electas por medio del sufragio. Pero no solo se trata de votar, sino de elegir y para elegir es imperativo aferrarse a una roca firme de sólidos sustentos filosófico morales. Y sólo hay una.
La misma se fundamenta en el individuo libre y soberano como un fin en sí mismo con derechos a la vida, la libertad y la propiedad, anteriores y superiores al Estado.
El título de esta nota tiene ese objetivo. Reflexiones sobre la crítica a la democracia, tema impostergable de nuestro tiempo.
(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

