DESDE MI MUNDO

Lo vi en el semáforo y me hizo reír, pero detrás de su sonrisa pintada escondía una historia que duele.

Hace unos días conocí a Emmanuel.

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Estaba en el semáforo de Cacique Lambaré y Roa Bas­tos, y sí, vestido de payaso. Mientras la luz estaba en rojo hacía malabares, improvisaba chistes que casi nadie podía escuchar, arrancaba una carcajada a un niño y, por unos segundos, lograba que el apuro coti­diano se detuviera.

Cuando el semáforo volvía a verde, caminaba entre los vehículos con una sonrisa enorme dibujada en el rostro.

Después extendía la mano. No pedía compasión, pedía una oportunidad.

Porque Emmanuel no vive de la lástima, vive de su arte.

Sin embargo, detrás de esa nariz roja y de esos colo­res que iluminan su cara, hay una historia que muy pocos conocen.

Es venezolano.

Como millones de personas en el mundo, un día tuvo que tomar la decisión más difícil de su vida: dejar atrás su país para intentar empezar de nuevo.

Vale la pena pararnos un instante en esa realidad.

La Organización Internacional para las Migraciones estima que hoy 304 millones de personas viven fuera del país donde nacieron. Es decir, casi una de cada vein­ticinco personas en el planeta es migrante. Y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugia­dos señala que más de 123 millones de personas fueron desplazadas por la fuerza, huyendo de guerras, perse­cuciones, violencia o crisis humanitarias.

Son cifras inmensas, tan grandes que corren el riesgo de perder significado.

Porque los números no lloran, no sienten miedo, no extrañan.

Las personas sí.

Y Emmanuel es justamente eso: el rostro que les devuelve humanidad a las estadísticas.

Detrás de él hay una madre que seguramente quedó esperando noticias. Hay amigos que quedaron lejos. Hay calles que ya no recorre. Hay recuerdos que toda­vía lo acompañan. Hay una vida entera guardada en una vieja valija que nunca alcanzó para llevar todo lo que realmente importaba.

La migración no empieza cuando uno se va.

Comienza mucho antes. Empieza el día en que una persona entiende que quedarse ya no es una opción.

Ese día se abandona una casa, un barrio, un trabajo, una rutina y hasta una parte de su propia identidad.

Nadie, absolutamente nadie, deja el lugar donde nació porque sí.

Nadie cambia el abrazo de su familia por la incerti­dumbre de otro país si tiene otra alternativa.

Emmanuel podría estar ejerciendo cualquier oficio en Venezuela. Tal vez tenía otros sueños. Tal vez imaginó una vida completamente distinta. Pero la realidad le cambió el escenario.

Él eligió no rendirse. Fue así que en Paraguay convir­tió una esquina en un pequeño escenario.

Eligió hacer reír mientras por dentro cargaba el peso de empezar de nuevo. Quizás vos nunca lo viste así.

A veces pasamos frente a personas como Emmanuel sin detenernos siquiera a mirarlas.

Vemos un payaso y no vemos al hombre.

Muchas veces esquivamos la mano extendida… porque no siempre hay desprecio; a veces hay indiferencia.

Cuando miremos las cosas desde otra perspectiva quizás entendamos que el verdadero desafío de estos tiempos sea aprender a mirar un poco más allá de las apariencias, de los acentos, de las nacionalidades y los prejuicios.

La vida nos lleva siempre por distintos lugares, pero en el fondo todos buscamos exactamente lo mismo.

Un lugar donde vivir en paz, un trabajo digno. La posi­bilidad de llevar un plato de comida a casa. La tranqui­lidad de saber que mañana será un poco mejor que hoy.

Los informes internacionales seguirán actualizando las cifras. El próximo año hablarán de más millones de migrantes, de refugiados y de desplazados.

Los números cambiarán.

Emmanuel probablemente seguirá llegando cada mañana a ese mismo semáforo. Se pintará el rostro, hará malabares, provocará alguna sonrisa y, cuando la luz vuelva a ponerse en verde, caminará entre los autos esperando una oportunidad más.

Ojalá, cuando volvamos a cruzarnos con alguien como él, no veamos solamente un payaso.

Ojalá sepamos reconocer al hombre que dejó un país entero detrás de sí para no renunciar a la esperanza.

Porque, al final, todos llevamos una historia que los demás no alcanzan a ver.

Pero claro… esa es otra historia.

Etiquetas: #El payaso

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