• Jorge Torres Romero

Hay una fórmula infalible que utilizan los políticos cuando la Justicia empieza a tocarles la puerta. Nunca hablan de las denuncias, nunca responden a los hechos, nunca presentan argumentos sólidos. Prefieren declararse víctimas.

Dicen que son perseguidos políticos, que quieren sacarlos del camino porque supuestamente lideran las encuestas. Es el libreto más viejo de la política.

Cuando un político es incapaz de explicar las graves denuncias de corrupción que pesan sobre su gestión, recurre al victimismo. Es mucho más fácil gritar “me persiguen” que rendir cuentas.

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Eso hizo Arnoldo Wiens. Construyó un discurso basado en la supuesta persecución y terminó sufriendo una derrota aplastante en las internas coloradas. Los votos demostraron que el relato no alcanzaba.

Ahora Miguel Prieto intenta vender exactamente la misma historia. Pretende convencer a la ciudadanía de que todas las investigaciones existen porque alguien le tiene miedo. Pero esa versión se cae por su propio peso.

Las denuncias no nacieron de sus adversarios políticos. Muchas provinieron de personas que trabajaron con él, que lo acompañaron y que fueron protagonistas de su llegada a la intendencia de Ciudad del Este. Son ellos quienes conocen desde adentro cómo se manejó su administración.

Como señaló el vicepresidente Pedro Alliana, Prieto ni siquiera ha demostrado ser un dirigente con verdadera proyección nacional. Es un candidato de alcance distrital que pretende instalarse como el gran perseguido del país para evitar responder por los serios cuestionamientos que enfrenta.

La realidad es mucho más simple. Cuando un político tiene las manos limpias, se presenta ante la Justicia, aporta las pruebas y desmonta las acusaciones. Cuando elige victimizarse antes que explicar, la sospecha inevitablemente aumenta.

Lo más preocupante es que una parte importante de la oposición parece no tener nada mejor para ofrecer. En lugar de presentar propuestas, equipos o un proyecto de país, vuelve a apostar por dirigentes cuestionados que transforman cada investigación judicial en un espectáculo político.

Mientras tanto, el Partido Colorado continúa demostrando fortaleza organizativa y capacidad de movilización. Sus internas mostraron nuevamente una estructura política sólida y una participación que ninguna otra fuerza ha logrado igualar.

La oposición sigue sin construir una alternativa seria. Y algunos de sus referentes insisten en vender el mismo cuento de siempre: “Me persiguen porque mido bien”. No. A muchos no los investiga la Justicia porque sean populares. Los investiga porque existen denuncias concretas que deben ser esclarecidas.

El tiempo de las excusas se terminó. Si alguien es inocente, que lo demuestre en los tribunales. Si no lo es, que asuma las consecuencias. Pero basta de utilizar la palabra “persecución” como escudo para intentar esconder aquello que la ciudadanía tiene derecho a conocer.

Porque el verdadero perseguido no es el político investigado. El verdadero perjudicado es el ciudadano honesto que, una vez más, ve cómo algunos dirigentes intentan reemplazar las explicaciones por el victimismo y la propaganda. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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