• Por Aníbal Saucedo Rodas

Con cabriolas, contorsiones y baboseando relatos deformes, toscos y chabacanos, los bufones de la corte trataban de complacer a reyes, luego a dictadores y, últimamente, a presidentes democráticamente electos. No les importaba ahogar su dignidad bajo la carga de la ridiculez y la adulonería más servil y rastrera. Cuentan algunos historiadores que muchos de estos personajes se salvaron de horcas y guillotinas con la promesa de conseguir que el monarca esté de buen humor. Hoy les mueve la cercanía del poder, desde donde puedan traficar influencias mediante humillaciones públicas en que digieren sus propios vómitos con absoluta naturalidad.

Hagamos un escueto backtrack. Las antiguas monarquías, en una clasificación social rápida, se dividían entre nobles y vasallos. O entre patricios y plebeyos. Aparte de la categoría de sangre azul, en otros regímenes de carácter absolutista, se contaban también a la jerarquía eclesiástica, los escuderos, pajes, cortesanos y damas de compañía. Y, por supuesto, a la servidumbre, que tenía a su cargo el funcionamiento cotidiano delreino. Y en medio de todos ellos, el infaltable hombre –a veces mujer– que tenía la responsabilidad de hacer reír al soberano y a su entorno más inmediato: el bufón o la bufona. Por lo general, se trataba de una persona deforme, enana o grotesca que se burlaba de su propia desgracia con representaciones histriónicas o mímicas, no siempre de buen gusto, más bien vulgares y ordinarias. En algunos países de la vieja Europa todavía existen monarquías, aunque dentro de un sistema parlamentario y constitucional. Los que no han desaparecido son los bufones.

En América, las dictaduras fueron una réplica del poder absoluto. Con una mascarada democrática que incluían unas farsas electorales en que los resultados se conocían de antemano hasta en los porcentajes, un Poder Legislativo sumiso y un Poder Judicial controlado. En nuestro caso específico, la única ley que estaba vigente –aparte del estado de sitio permanente– era la “orden superior”, que emanaba directamente del “único líder”, el general Alfredo Stroessner, dando lugar a las atrocidades más desgarradoras. Y como en los tiempos del viejo imperio, también tenía sus bufones. Uno de ellos era su baqueano para la pesca (deporte favorito del sátrapa), quien participaba hasta de las reuniones de ministros, como un gesto de desprecio hacia la inteligencia. Y el otro era su secretario privado, a quienes le adjudicaron las más desopilantes anécdotas, que el pueblo las repetía como una manera de ridiculizar al régimen por la vía de la sátira. Podíamos decir que era como una secreta venganza en contra de los protagonistas de aquella tragedia deshumanizadora. En la agonía de la barbarie, los bufones se multiplicaron. Los representantes de la audaz ignorancia y una luminosa mediocridad se apoderaron del Congreso de la Nación, donde se atropellaban unos a otros para cantar loas al dictador, como frases que han pasado a engrosar las páginas más célebres de la “Antología del disparate”.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Con el ingreso al periodo democrático, en febrero de 1989, no nos fue mejor. Algunos sobrevivientes de la “tierna podredumbre” rápidamente cambiaron de hábitos, pero no el hábito de la empalagosa lisonjería. En cada periodo presidencial aparecían dos o tres bufones dispuestos a las ridiculeces más degradantes con tal de congraciarse con el poder.

Usaban los espacios protocolares para lanzar sus comentarios más insultantes a la inteligencia y al buen gusto o narrando anécdotas que reñían con la decencia y el decoro. Chorreaban chabacanería con un lenguaje rústico y soez, riéndose anticipadamente de sus dichos carentes de todo sentido del humor.

La política es su escenario y el poder el monarca cuyo favor quiere ganarse a costa de renunciar a cualquier pedazo de dignidad. Y, paralelamente, desprestigiando a la política y al poder, provocando un daño terrible en los jóvenes que reniegan hasta de la participación ciudadana. Bufones, propios o adquiridos, hubo en todas las épocas, y esta no es la excepción. Nunca faltan los que siguen comprando burros creyendo que son caballos de pura sangre. Buen provecho.

Déjanos tus comentarios en Voiz