• Por Gabriela Teasdale
  • Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
  • prensa@liderazgo.com.py

El liderazgo, en su esencia más pura, es influencia, y no existe influencia real sin conexión humana. La base de un liderazgo efectivo –ya sea como empresarios, padres de familia o simplemente como seres humanos– radica en el poder de nuestras relaciones, en esa capacidad genuina de salir de nosotros mismos para mirar al otro a los ojos.

Conectar implica ir más allá de la superficie. Significa interesarse por la vida de la persona que tenés enfrente de forma auténtica; preguntar por su familia, por sus sueños y desafíos. Es escuchar desde el respeto y el amor, incluso cuando estamos en desacuerdo. Sin embargo, hoy el ruido de afuera empuja a las personas a competir, a comparar, a hablar solo de sus propios problemas o a mantenerse atrapadas en redes sociales viviendo en absoluta soledad. Es ahí donde el autoliderazgo marca la diferencia, eligiendo conectar desde la humanidad. Esta es la tarea intencional que los adultos debemos modelar y enseñar a los más jóvenes. Liderar con el ejemplo es mostrarles el camino para forjar vínculos significativos, porque a medida que pasa el tiempo, uno necesita de esos afectos reales que nos sostienen.

En el camino de la vida y del crecimiento personal, entendemos también que todo tiene su tiempo. No todo el mundo puede estar sentado a tu mesa. A medida que evolucionamos, elegimos quiénes nos hacen bien y quiénes no. Como dice un mentor mío, hay personas a las que toca querer, pero de lejos, y eso está bien.

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Ahora bien, alejarte de alguien porque ya no comparten los mismos valores o ideales no te da el derecho a caer bajo, mostrando una mala actitud o falta de educación. Hoy vemos con preocupación cómo la envidia o la rivalidad lleva a las personas –especialmente entre la juventud, pero de forma alarmante también entre los adultos– a ignorar, voltear la cara o negar el saludo a quienes formaron parte de su entorno. Una cosa es comprender que una etapa se cerró, y otra muy distinta es ser grosero. Desde mi profesión, entiendo que este comportamiento destructivo suele ser alimentado por la falta de perdón y por el resentimiento que muchas veces se vive en el hogar.

Recuerdo una gran lección del señor Melvin, padre de mi socio John Maxwell. En una ocasión, un amigo se le acercó y le dijo: “¿Sabés lo que fulano anda diciendo de vos?”. Con una sabiduría admirable, él respondió: “No lo sé, pero yo creo que él es buena gente”. Con una sola frase cortó el chisme, la mala onda y el prejuicio. Eligió no vivir contaminado por la pobreza que otros llevan dentro.

Uno solo puede dar lo que tiene. Por eso, es fundamental soltar los rencores y hacer las paces con nosotros mismos. Si alguien te ignora, se porta mal o intenta hacerte sentir de menos, comprende que solo está reflejando lo contaminado que está por dentro. Envíale buena energía y, simplemente, querelo desde lejos.

En cambio, aquellas relaciones que construyen, que están presentes y llenas de valores, esas debes alimentarlas, cuidarlas y protegerlas. Somos el reflejo de nuestro entorno. Necesitamos que las personas correctas influyan en nuestras vidas y nosotros en las de ellas.

Cuida tu mesa, trae a los correctos. Aunque, pensando un poco, hasta Jesús –el líder más grande de la historia– tuvo a un traidor en su mesa. Nunca estaremos cien por ciento seguros de lo que hará el otro, pero el secreto está en perdonar y caminar en paz. Al final del día, cada uno rendirá cuentas por su propia vida, no por la de los demás. Quien vive dañando al resto, eventualmente tendrá su momento de juicio final.

Te animo a ser una persona que inspire e impacte desde tu don de gente y tus valores. Elegí bien a quiénes sentás en tu mesa, sana lo que tengas que sanar y camina con la frente en alto, dejando una huella de integridad en cada paso.

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