• Por Marcelo Pedroza
  • Doctor en Psicología y Magíster en Educación
  • mpedroza20@hotmail.com

El año 45 a.C. encuentra a Marco Tulio Cicerón en un tiempo de duelo, una pérdida dolorosa lo interpela, su hija Tulia ha partido y el dolor invade su ser. Decide ir a un lugar de retiro, una propiedad que poseía cerca de Antum, se instala en su villa de Tusculum. Allí prolifera su pensamiento filosófico. Nace la obra Las disputaciones tusculanas, haciendo una marcada referencia al lugar citado.

El texto consta de cinco libros. Es una obra de referencia para el devenir del pensamiento filosófico. El Cicerón jurista ingresa, por las circunstancias personales, en la arena de la reflexión sobre el desprecio a la muerte, sobre el dolor, sobre el duelo, sobre las perturbaciones emocionales, y se atreve a preguntarse si la virtud por sí sola es suficiente para una vida feliz.

La antigüedad romana aún late a través de los diálogos que ofrece el texto. Es Cicerón debatiendo entre la vida y el más allá. Hay un llamado a creer en la inmortalidad del alma y una reafirmación del conócete a ti mismo, precepto grandioso que impactaba en el oráculo de Delfos, mandato eterno de Apolo. Hoy se pregona dicha máxima. Hoy es vital para todas las corrientes psicológicas que abordan al ser. Conócete a ti mismo, siempre será un imperativo existencial.

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Cicerón (106 a.C. - 43 a.C.), recurrió al pensamiento griego, esbozado por los estoicos y por el platonismo, para examinar las cuestiones de la vida. En cierta forma, el hombre trataba de aliviar el inmenso dolor. Sostenido en el Fedro de Platón, al cual cita textualmente, indica que el alma es principio de movimiento, y que al moverse por sí misma no depende de otra causa para su actividad, concluyendo que es eterna e inmortal.

También pregona que la grandeza del alma se manifiesta en la capacidad de soportar el sufrimiento con firmeza y dignidad, fomentando en sus expresiones el dominio de sí mismo, mecanismo explícito enseñado por la escuela estoica. Quien mantiene su integridad frente al dolor, alcanza una forma de libertad interior, sentencia.

El prolífico escritor considera a la aflicción y al deseo desordenado como enfermedades del alma, resaltando que son más graves que muchas enfermedades corporales, debido a que afectan la vida interior de la persona. Acude Cicerón, con sus propios actos, a la filosofía, dado que para él es “medicina para el alma”. Y recuerda la definición de perturbación dada por Zenón de Citio, quien la describió como “un movimiento contrario a la naturaleza, que se desvía de la recta razón”.

La virtud forma parte del tejido final del libro, la cual está enarbolada bajo los principios del estoicismo; y en cuanto a su interrogante sobre su alcance, responde afirmando su imperio, destacando su manto de serenidad que alimenta a los demás dones que posee. Y aquí cabe volver al conócete a ti mismo, el que Cicerón comparó a su manera, diciendo: “conoce tu alma”.

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