DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

Esa mañana, antes de que la pelota empezara a rodar, hubo un sonido que no estaba en ningún estadio. Comenzó como un susurro.

Era el sonido de una ciudad despertándose vestida de rojo, blanco y azul.

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Brunito, mi nietito, con la cara pintada mirando una bandera más grande que él. La abuela Victoria sacando del placar una camiseta guardada durante años. Juan, un gran laburador, dejó por un rato la rutina para ponerse los colores de una camiseta que, más que una camiseta, era un pedazo de historia.

Es que hay momentos en que un país entero encuentra una excusa para abrazarse.

Y esta vez la excusa tenía tres colores.

Durante días, Paraguay fue una postal distinta. Las calles llenas, las plazas convertidas en tribunas, las familias reunidas frente a una pantalla, desconocidos abrazándose después de un gol como si se conocieran de toda la vida.

El centro de Asunción volvió a tener ese paisaje que parecía olvidado: miles de personas caminando con banderas en las manos, con la ilusión en los ojos y con una sonrisa que no necesitaba explicación.

La Albirroja había conseguido algo que va mucho más allá de un resultado deportivo.

Había conseguido despertar un sentimiento.

Ese sentimiento que aparece pocas veces, cuando un país deja sus diferencias a un lado y se encuentra en una misma emoción.

Durante el Mundial no importó el apellido, la profesión, la edad ni el lugar de donde veníamos.

Todos fuimos Paraguay.

El que gritó frente al televisor. El que salió a la calle. El que viajó miles de kilómetros para alentar. El que volvió a cantar un himno con lágrimas en los ojos.

Y la imagen más poderosa no fue la de un gol.

Fue la de una bandera paraguaya flameando en cualquier rincón del mundo.

Porque una bandera no es solamente un pedazo de tela.

Es la memoria de nuestros abuelos. Es la voz de quienes ya no están. Es la historia de un pueblo que aprendió a levantarse muchas veces.

La eliminación llegó, como llegan todas las despedidas en el fútbol.

Con tristeza, con ese silencio extraño después del último silbato, cuando uno siente que algo se terminó demasiado rápido.

Pero esta vez pasó algo diferente.

La ilusión no se apagó.

Porque la Albirroja no solamente dejó un resultado.

Dejó una sensación, esa alegría de que Paraguay volvió a mirarse al espejo y reconocerse.

Volvió a sentir orgullo.

Volvió a cantar.

Volvió a creer.

Al final, el fútbol siempre será una pelota que rueda.

Pero algunas veces… una pelota también puede mover un país entero.

Pero esa… es otra historia.

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