• Por Marcelo Pedroza
  • Doctor en Psicología y Magíster en Educación
  • mpedroza20@hotmail.com

Cayo Plinio Segundo (23 -79), conocido con el nombre de Plinio el Viejo, escritor y militar romano, escribió La Historia Natural, obra trascendente debido a su notable contenido científico, cuyo tratado original consta de 37 libros organizados en 10 volúmenes, lo que la transforma en una enciclopedia de la Antigüedad clásica.

En su libro VII, dedicado al ser humano, intercala observaciones biológicas con consideraciones filosóficas que permiten advertir la influencia del escepticismo y, en algunos aspectos, del estoicismo romano. Allí escribe: “En cuanto al espacio y duración de la vida de los hombres, no solo el lugar sino también el momento del nacimiento y el propio destino de cada uno lo dejan en la incertidumbre”. La contingencia se hace presente. El nacimiento inaugura una vida sometida a innumerables factores que escapan al control de la voluntad. Así la incerteza se constituye en una condición esencial del hombre, dando paso al aprendizaje de los límites inherentes a la existencia.

Plinio el Viejo se pregunta: “¿qué clase de cuerpo tiene el alma por sí misma? ¿Qué materia? ¿Dónde el pensamiento?”. Expresa en estas interrogaciones los problemas que acompañan toda la historia de la filosofía y de la psicología: la naturaleza del alma, su posible materialidad y la localización del pensamiento. Muestran el antiguo debate entre quienes concebían el alma como una realidad material y quienes la consideraban como una sustancia inmaterial. También introduce el planteamiento de la composición del principio vital y, anticipa, lo que siglos después ocupará a la neurociencia: la relación entre el pensamiento y el cuerpo.

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Para el caballero romano, la vida puede ser apreciada como un bien. Y, por otra parte, invita a contemplar el estado anterior al nacimiento como modelo de serenidad. En el texto dice: “Pues si es dulce vivir, ¿para qué puede servir haber vivido? En cambio ¡Cuánto más fácil y seguro es que cada uno confíe en sí mismo y saque de la experiencia anterior al nacimiento el ideal de serenidad!”.

Entonces, si antes de existir no experimentamos sufrimiento alguno, quizá la muerte deba entenderse de un modo semejante. El autor también recibió la influencia del pensamiento de Epicuro, quien decía que la muerte no debe inspirar temor porque, mientras vivimos ella no está presente y, cuando ella llega, nosotros ya no existimos.

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