- POR JOSÉ DUARTE PENAYO
- Filósofo
- Presidente de Aneaes
En 2026 una parte creciente de la economía global es producto de bienes casi inmateriales: aplicaciones, modelos de inteligencia artificial, marcas, datos. Las mayores empresas valen hoy por sus activos intangibles más que por fábricas o depósitos, como explican Haskell y Westlaken en su importante libro, “Capitalismo sin capital”.
Esa mutación desborda lo económico y alcanza lo político por una razón doble. Por un lado, cuanto más se desmaterializa la producción, más se debilita la capacidad estatal para gravarla. Por el otro, la inmaterialidad de la riqueza deja sin anclaje geográfico a la infraestructura indispensable para que una sociedad forje su criterio, se eduque y preserve su memoria. Aquello que se deslocaliza resulta imposible de definir con una palabra única, ya que constituye en líneas generales la condición misma de la vida en común.
Desde el Paraguay, donde el Estado debe sostener escuelas, universidades, hospitales y rutas, esta transformación genera su impacto propio. La riqueza se deslocaliza, pero las necesidades permanecen. El capital circula sin arraigo, pero los pueblos siguen habitando un suelo con diferentes demandas.
Por eso la pregunta por el bien común vuelve cuando las condiciones de vida quedan en manos de lógicas ajenas a toda comunidad política, que configuran los flujos de valor al igual que los canales por donde transita la palabra pública.
El concepto de bien común reclama, por lo tanto, una recuperación crítica. Carga con dos siglos de impugnaciones y con usos que lo deformaron hasta convertirlo en máscara de intereses particulares. El marxismo lo redujo a expresión ideológica de la clase dominante y, aunque esa lectura empobrece el problema, conserva la advertencia necesaria de que lo común puede ser invocado para encubrir apropiaciones. Sin embargo, si toda referencia al bien común fuera mistificación, la sociedad perdería las palabras para nombrar aquello que la precede y la sostiene, es decir, la confianza, las instituciones, los símbolos y las obligaciones recíprocas.
En su sentido más fuerte, el bien común designa el conjunto de condiciones que permite una vida humana compartida, antes que una abstracción colocada sobre la sociedad. Aristóteles lo pensó desde la polis orientada al buen vivir. Tomás de Aquino lo precisó como fin racional de la ley y del gobierno justo, es decir, como ordenación de una multitud libre hacia una vida virtuosa y pacífica, subordinada al bien divino, pero realizada mediante instituciones temporales. La doctrina social de la Iglesia conservó esa herencia como criterio para juzgar propiedad, trabajo, justicia y solidaridad.
Aquí es oportuno recuperar el principio de subsidiariedad, sin el cual el bien común puede ser asimilado a alguna forma de estatismo. La tradición católica reconoce la dignidad y la iniciativa propia de las familias, los municipios, las universidades y los cuerpos intermedios, antes que confiar toda responsabilidad al Estado.
El poder público debe coordinar y suplir cuando esas instancias resultan insuficientes, antes que sustituirlas. Por ello, la autoridad sirve al bien común cuando fortalece la vida social real, más que cuando reduce a la sociedad a una dependencia pasiva de la administración.
La modernidad desplazó este horizonte hacia los márgenes. Benjamin Constant realizó la célebre distinción entre la libertad de los antiguos, fundada en la participación colectiva, y la libertad de los modernos, entendida como ausencia de interferencia y derecho a quedar en paz.
Esta última habría limitado arbitrariedades, aunque empobreció el lenguaje político cuando hizo sospechosa toda apelación sustantiva a lo común. Una sociedad que solo protege preferencias privadas termina sin palabras para defender los bienes que permiten elegir, prometer, educar y pertenecer.
El libertarianismo contemporáneo lleva esta posición a su extremo cuando sostiene que toda forma de asociación colectiva que regule el mercado o le imponga fines comunes constituye una intervención confiscatoria e ilegítima.
Como muchos autores de esta misma tradición lo saben, el mercado no se basta a sí mismo, dado que para funcionar necesita condiciones que él no puede producir por sus propios medios: un orden jurídico estable, confianza moral entre los actores, paz pública y una cultura capaz de sostener la validez de los contratos. El bien común nombra precisamente ese fondo previo que ningún intercambio genera y todo intercambio consume, lo no contractual que sostiene lo contractual, como diría Durkheim.
La inteligencia artificial generativa lleva al límite la desmaterialización de la riqueza: el activo intangible ya no es solo un producto, sino la infraestructura sobre la cual un pueblo atiende, aprende, se informa y conserva memoria de sí. Su falta de arraigo territorial y su concentración en pocos actores extraterritoriales dificultan la capacidad regulatoria del Estado. En paralelo, estas dinámicas sustraen de la deliberación pública bienes que el mercado consume y jamás repone, tales como la confianza en la palabra y la validez común de lo verdadero. Así, la misma potencia que debilita la soberanía estatal socava la capacidad de orientar la vida compartida hacia fines propios. Frente a las filosofías transhumanistas y aceleracionistas que imaginan ese proceso como inevitable, el bien común afirma que la comunidad humana merece defensa. Esa defensa es política y espiritual, porque un pueblo que pierde el poder de regular lo que lo transforma termina perdiendo también el poder de nombrar lo que lo constituye.
Para el Paraguay, esta convergencia exige la decisión soberana de regular una riqueza que muchas veces se produce sin tocar su suelo, al mismo tiempo que se sostienen las condiciones en las que sus ciudadanos forman juicio, se educan y se reconocen entre sí.
El Estado nacional debe fijar reglas claras y someter a responsabilidad pública a los poderes técnicos que inciden sobre la vida común. El verdadero desafío radica en integrar la innovación impidiendo que opere al margen de la jurisdicción nacional. Las universidades, familias y escuelas deben custodiar la memoria histórica y la lengua que nos nombra. El bien común consiste en defender esas condiciones materiales y espirituales sin las cuales un pueblo deja de decidir sobre sí mismo.

