DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

Hay días muy locos y ayer fue uno de ellos.

Por la mañana, mientras esperaba que el semáforo sobre Cacique Lambaré cambiara de color, vi a un padre caminando de la mano de su hijo. Los dos vestían la camiseta albirroja. El niño llevaba una bandera sobre los hombros. Caminaba despacio, como si quisiera que ese día durara un poco más. Que lindos son estos días.

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No iban apurados, ni miraban el reloj. Simplemente caminaban.

Y pensé que hacía mucho tiempo no veía al Paraguay caminar así. Sin la ansiedad del trabajo. Sin el apuro de llegar. Sin esa carrera interminable que nos hace olvidar que vivir también significa detenerse un momento para celebrar.

Después llegó el olor del café. Los copetines llenos. Las plazas con familias. Los comercios abiertos. Los vendedores sonriendo porque había clientes.

Las conversaciones seguían girando alrededor del mismo tema: el partido, el penal, el abrazo, las lágrimas.

No era un día perdido, era un día ganado.

Por eso creo que el feriado decretado por el presidente Santiago Peña después de la histórica victoria frente a Alemania fue una buena decisión. No porque el país necesitara descansar. Necesitaba celebrar.

Hay momentos que trascienden al deporte. Instantes en los que una victoria deja de ser apenas un resultado para convertirse en un estado de ánimo colectivo.

Y eso fue lo que ocurrió.

Durante unas horas dejamos de discutir. Dejamos de dividirnos. Dejamos de buscar aquello que nos separa para encontrarnos en algo mucho más sencillo: la alegría de sentirnos paraguayos.

Algunos cuestionaron la medida. Es legítimo hacerlo. Pero basta recorrer las calles para entender que el país no se detuvo.

Los restaurantes trabajaron más, las cafeterías estuvieron llenas. Los pequeños comercios vendieron como si fuera Navidad. Las estaciones de servicio recibieron a quienes decidieron salir. Los centros comerciales se llenaron de familias.

La economía también se mueve cuando la gente sale a vivir. Incluso cuando el país se detiene.

A veces medimos todo en términos de productividad y olvidamos que existen riquezas que no aparecen en ninguna estadística.

La sonrisa de un niño, el abrazo de un abuelo, la foto familiar con la camiseta albirroja.

El orgullo de escuchar el nombre de Paraguay recorriendo el mundo.

Eso tampoco tiene precio.

Los países necesitan obras, inversiones y empleo, pero también necesitan construir recuerdos felices. Porque son esos recuerdos los que permanecen cuando pasan los años.

Todavía recordamos dónde estábamos en los grandes momentos de nuestra historia deportiva. Recordamos con quién gritamos un gol. A quién abrazamos. Qué sentimos.

Ahora sumamos otro recuerdo.

El del día en que un país entero decidió hacer una pausa para celebrar. Y, por unas horas, nos dimos permiso para ser simplemente felices. Mañana volverán las preocupaciones. Regresarán los problemas, las diferencias y las discusiones de siempre.

La realidad seguirá esperándonos, paciente, a la vuelta de la esquina.

Pero eso no le quita valor a un día en el que Paraguay decidió mirarse al espejo y sonreír.

La gente también necesita alimentar el alma. Y cuando una alegría logra unir a millones de personas, quizás no haya mejor inversión que regalarle unas horas para vivirla. ¿O no es así?

Después vendrán los análisis políticos, los cálculos económicos y las opiniones de uno y otro lado. Ahora… “saca la bandera, ponete la remera” y léelo cantando si querés.

Porque esa… es otra historia.

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