- Por JuanCarlos Dos Santos G
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El resultado electoral del pasado 21 de junio en Colombia no fue un simple cambio de gobierno, fue una enmienda total a la narrativa del progresismo andino. La victoria de Abelardo de la Espriella, un outsider de verbo encendido y formas disruptivas, consolida el retorno de la derecha a una América Latina que parece decidida a sepultar la última ola de la izquierda en la región. Sin embargo, para entender el triunfo del autodenominado Tigre, no basta con mirar sus méritos de campaña, es indispensable auditar el legado de ruina que dejó Gustavo Petro, el verdadero arquitecto de la derrota de su propio delfín, Iván Cepeda.
Iván Cepeda no compitió únicamente contra De la Espriella, compitió contra el pesado lastre de una gestión gubernamental que dilapidó en tiempo récord su capital político. En lo económico, el experimento petrista sumió al país en la incertidumbre jurídica, ahuyentó la inversión extranjera directa y asfixió a los sectores productivos bajo la promesa de una transición mal planificada. La inflación y el estancamiento económico se tradujeron en las mesas de los hogares colombianos, transformando las promesas de equidad en una fábrica de nuevos pobres.
En el plano social, la bandera de la “paz total” terminó convertida en una dolorosa ironía. La laxitud del Ejecutivo frente a los grupos armados ilegales y el narcotráfico no trajo reconciliación, sino el regreso de los peores días de la violencia rural, el auge de las masacres y un repunte criminal que desbordó a las principales ciudades. La ciudadanía, fatigada del miedo y de la inacción estatal, encontró en el discurso de mano dura de De la Espriella un refugio lógico frente al caos.
A este panorama se sumó el errático manejo de las relaciones internacionales. Petro aisló a Colombia de sus socios estratégicos históricos. Esta ruptura con Washington no solo golpeó la cooperación militar en la lucha antidroga, sino que hirió el orgullo nacional de un país que tradicionalmente se ha visto como el principal aliado norteamericano en la región.
El triunfo de De la Espriella por un estrecho pero incontestable margen —conquista lograda gracias al arrastre de los grandes centros urbanos y el voto castigo— se alinea con la marea azul que recorre el continente. Desde Argentina con Milei, pasando por Chile con Kast, Fernández en Costa Rica, Honduras con Asfura y la tendencia actual en Perú, el mapa político latinoamericano se está reconfigurando. Los electores ya no votan por ideologías idílicas, votan por orden, seguridad y pragmatismo económico.
La pataleta institucional de Cepeda y Petro al intentar impugnar miles de mesas sin pruebas contundentes es el último suspiro de un proyecto que se ahogó en su propia retórica. El Tigre ya ruge en la Casa de Nariño, impulsado por una Casa Blanca dispuesta a relanzar el Plan Colombia. El péndulo de la historia volvió a girar, recordándole al continente que el peor enemigo de la izquierda siempre termina siendo su propia gestión.

