- Ricardo Rivas
- Periodista
- X: @RtrivasRivas
“La confianza ha disminuido” en el mundo, informa el Digital Report 2026 que producen asociadas la agencia de noticias Reuters y la Universidad de Oxford. “Parte de esta caída mundial refleja inquietudes más amplias que van más allá de la industria periodística”, porque también cae “la confianza en las instituciones y (en) los líderes”. Giuliano da Empoli (52), en un relato non fiction titulado El mago del Kremlin, llevado al cine, da cuenta de los abusos mediáticos del poder.
“La confianza en las noticias ha disminuido en 29 de (los) 48 mercados” en los que se encuentran los consumidores de los servicios de la agencia de noticias Reuters reporta esta semana esa empresa periodística que sistemáticamente releva la evolución del ecosistema informativo global y sus conclusiones las ofrece en el Digital Report que emite regularmente cada año.
“Desde que comenzamos a medir la confianza (en las noticias) en 2015 (37 %)”, ese indicador “cayó 5 puntos porcentuales o más en 19” de los mercados en los que se comercializan los contenidos de Reuters, da cuenta la más reciente publicación. Precisa también que “en Estados Unidos, solo una cuarta parte (25 %) de las personas (consultadas) afirma confiar en las noticias la mayor parte del tiempo”.
Explica después que “parte de esta caída mundial de la confianza refleja inquietudes más amplias que van más allá de la industria periodística (dado que también) la confianza en las instituciones y los líderes está disminuyendo considerablemente” y, en ese contexto, “el periodismo suele ser objeto de ataques directos por parte de políticos influyentes”. Agrega que “la disminución de la confianza también está relacionada con los cambios en la combinación de consumo de noticias”.
ALERTA
Reuters, que desarrolla estos trabajos de investigación asociada con la Universidad de Oxford, advierte que “es probable que la confianza en las noticias en general siga disminuyendo en el futuro” al tiempo que alerta que “la preocupación (social) por las noticias falsas también ha aumentado, en 4 puntos porcentuales, hasta alcanzar un promedio del 62 %, con incrementos superiores a 5 puntos porcentuales en 11 mercados”.
Asimismo, da cuenta que “un tema central este año es la creciente ‘plataformatización’ del consumo de noticias” que se evidencia en que “por primera vez, las redes sociales y las plataformas de video son, en promedio, más populares que la televisión y los sitios web y aplicaciones de noticias propias en los mercados analizados (porque) cada vez más personas experimentan con chatbots de IA (inteligencia artificial) como nuevo medio de acceso” a contenidos informativos porque “la gente prefiere ver las noticias en lugar de leerlas” y para ello “recurre a menudo a una gama más amplia de fuentes y voces”.
El informe producido por Reuters y Oxford lo consigna claramente: “los informativos televisivos están en declive, pero para algunos (consumidores), las noticias en el televisor han adquirido una nueva función (porque) una cuarta parte (27 %) de nuestros encuestados ahora ve noticias a la carta a través de aplicaciones como Youtube en sus televisores inteligentes”.
A ello se agrega que “alrededor de un 27 % de los encuestados a nivel mundial (responde que) se informan a través de creadores de contenido o influencers especializados en noticias (en tanto que) 46 % (lo hace) a través de creadores de cualquier tipo (porque) son más entretenidos, fáciles de entender y con los que es más fácil identificarse que con los medios de comunicación tradicionales”. Detallan, asimismo, que “desde 2021, la proporción de personas que afirman estar ‘extremadamente’ o ‘muy’ interesadas en las noticias ha disminuido en un promedio de 13 puntos porcentuales (y) un 25 % de los encuestados son ahora usuarios ocasionales o pasivos de noticias que suelen consumirlas solo una vez por semana y afirman tener poco o ningún interés en ellas, frente al 16 % (que marcaba ese indicador) en 2021”. ¿Los jóvenes? El dato curioso (y, por qué no, alarmante, es que) el 56 % de ellos a nivel mundial (responden) que nunca han leído un periódico con regularidad.
El informe es mucho más amplio por cierto, pero el gran interrogante es intentar saber por qué se expresa tanto descreimiento y en qué se funda. Vadim Baranov es un cínico de ficción. También un ambicioso. Es joven. Alguna vez, al parecer, soñó con ser actor. Comunismo –el de sus ancestros– perestroika, glasnot (su presente en la última década del siglo pasado) fueron su momento histórico.
El derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la transición hacia la Federación Rusa es el laberinto que transita en la novela El mago del Kremlin que escribió Giuliano da Empoli. Vadim es un personaje que tiene un notable parecido con millones de Vadimes que caminan y “van apestando la tierra”, como los describió con poética precisión Machado entre 1899 y 1902. Sé que son así. Como don Antonio, “he andado muchos caminos”. Y también veo mucho cine.
El Vadim, dirigido por Olivier Assayans que compone Paul Dano, es creíble. Cínico y ambicioso. Como lo son también Dmitri Sidorov (Tom Sturridge) y Boris Berezovsky, la identidad real de un excomunista que interpreta Will Keen, que –nacidos, criados y educados esos personajes en la dura ética del stalinismo– desde el 21 de diciembre de 1991 comenzaron a apropiarse de las esquirlas del Estado implosionado y en desguace para empezar a vivir como suponían que se vivía en las sociedades capitalistas de aquel capitalismo que les enseñaron a denostar.
Ese era el modo de vida que deseaban. Patético. ¿Ficción? No tanto. Hay quienes afirman que Da Empoli, para crear a Vadim, estudió en detalle las andanzas profesionales y políticas de un tal Vladislav Surkov, relevante asesor de Vladimir Putin.
Rumores inverificables. Incluso, puede ser un discurso planificado y gestionado para ganar audiencias y/o lectores. Pero en la peli –que se estrenó el pasado 21 de enero en los Estados Unidos–, Vadim (¿Surkov?) ejerce tremendo poder sobre “el Zar”, como lo apodan al presidente de Rusia, a quien Jude Law interpreta con solidez actoral. ¿Ficción? Una buena parte, seguramente, no.
Mucho de aquello, pasó. De hecho, tanto Sidorov, que se benefició con la perestroika (reforma económica), como Berezovsky con la glasnot (transparencia, apertura política, libertad de expresión), simbolizan el espíritu epocal de quienes con el paso del tiempo se consolidan (aún hoy) como los casos globalmente conocidos de “oligarcas rusos” (así los llaman) como Artyon Tarasov, Vladimir Vinogradov, German Sterligov, Mijail Jodorkovski, Román Abramóvich (dueño del Chelsea FC), Mijail Fridman o Vladimir Potanin, por solo mencionar algunos de los más notables.
Vuelvo sobre Berezovski, el de la vida real. Exacadémico, por aquellos años se lo mencionaba como el “padrino del Kremlin” que se apoderó de ORT, canal público de TV, desde cuya poltrona máxima le propuso a Vadim trabajar a su lado. Vadim dudó. Según Da Empoli, Boris fue a fondo.
“Entendí que si no tomas el poder... el poder te atrapa (...) tengo amigos en el Kremlin y de vez en cuando los ayudo (...) necesitamos inventar algo y alguien nuevo (te propongo que hagas) el mismo trabajo de siempre (pero) deja de inventar historias... inventa la realidad” para consolidar a Vladimir Putin –el “Zar”– en el poder de la Federación Rusa “para que nos vaya bien a unos pocos”, imaginé escuchar mientras disfrutaba de la peli. El relato literario gana vida y fuerza en la película. Resulta creíble... ¡y posible! Nada nuevo.
EL VIEJO MUNDO
Alguna vez –en 1532– Nicolás Maquiavelo (1469-1527), cinco años después de su muerte, cuando se publicó su obra más trascendente, El Príncipe, sentenció que “la política es el arte de lo posible”. Pero... desde una perspectiva ética, no todo es posible. En el mago del Kremlin, Crimea, el Dombás y Ucrania ensangrentadas lo demuestran. El tiempo pasa... Recuerdo que, por aquellos tiempos convulsos en Berlín, donde me encontraba dieciocho meses después de la caída del Muro, todo era confusión, incertidumbres, pobrezas, vulnerabilidades, desamparos, tristezas. Las calles del Este en la ex-RDA (República Democrática Alemana), estaban muy grises. Las percibí más grises que nunca antes.
En el mítico Check Point Charlie, los exsoldados del otrora poderoso ejército rojo, “para poder comer algo”, vendían sus uniformes por monedas. Completos o en partes. Algunos los compraban los soldados norteamericanos, británicos y franceses.
Otros, los turistas. ¡Tremendo! ¿Prenda estrella? Las ushanka (gorros de piel grises o negros) que se conseguían por menos de diez dólares, aunque los botones dorados, los guantes mosquetones, los correajes... todo tenía un precio.
Situaciones parecidas se daban también, aunque en menor intensidad, en puente Glienicke –sobre el río Havel– donde en tiempos de la Guerra Fría se canjeaban prisioneros entre el este y el oeste.
Fragmentos de Muro, también cotizaban alto. Miré con asombro. Incluso lo que no veía. Tengo la convicción de que todo comunica e intentaba saber qué me decían esas sociedades con esas prácticas inimaginables hasta muy poco tiempo antes.
“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos”, recordé que escribió Antonio Gramsci (1891-1937), en “Cuadernos de la cárcel”, entre 1929 y 1935. Desde entonces creo haber verificado aquella hipótesis de aquel académico, político y periodista marxista. Aunque con su reflexión apuntaba a la caída del capitalismo y, de ninguna manera, a la desintegración del bloque soviético.
¿Será verdad algo de lo que relata Da Empoli en su obra finalmente llevada al cine? “Todo lo que alguna vez vemos en alguna producción cinematográfica, siento que el relato se sustenta en algo que pasó o es inminente que suceda”, dijo unas pocas semanas atrás –cuando reinaba el verano– el querido amigo Alfredo RL mientras ambos mirábamos sin urgencias el serenísimo Atlántico Sur que proyectaba un azul que pocas veces vemos.
La desconfianza en las noticias y en los contenidos periodísticos –además de ser posible, como hipótesis de trabajo de investigación académica, vincularla con la cada vez mayor asiduidad con la que poderosos y poderosas operan en los circuitos informativos con fines espurios, tal vez– tenga que ver, entre varios factores, también con el desprejuicio y la irresponsabilidad social que es posible percibir entre comunicadoras y comunicadores ocasionales de todo tipo que por propia voluntad o contratados porque “miden bien”, porque “generan cliques... visualizaciones... inversiones publicitarias... tráfico (en las redes)” o... por la razón que fuere, una y otra vez irrumpen preferentemente en los medios que se constituyen en los ecosistemas digitales más novedosos.
La cultura de lo divertido, lo mórbido, el insulto, el destrato incluso desde los más altos poderes de los Estados –prácticas todas tan extendidas– también aportan tanto a la naturalización de lo inaceptable como a la degradación informativa que deviene en desconfianzas.
LUZU TV
“Acaba de morir el papá de Messi”, dijo en el espacio de streaming Luzu TV la señora Florencia Peña, actriz, de larga trayectoria teatral, fílmica y televisiva. “Acaba de morir el papá de Messi”, reiteró. “¿Fue de golpe? ¿Qué pasó? ¿Qué data hay Maggie?... ¡En el medio del Mundial! ¿Se va a tener que ir...?”. Fake news, bulos... puras mentiras.
La tormenta mediática no se demoró. Las indignaciones públicas se extendieron con velocidad y alcance global. Se escuchó y dijo de todo. Incluso hubo quienes aseguraron saber de que se trató de una operación política. ¡Conspiranoides! Más bulos, más fake news, más putas mentiras para ser críticos de una indignante mentira inicial.
No faltaron quienes proponían prohibiciones, censuras... La mala praxis, se puede verificar en multiplicidad de campos profesionales o laborales. Negligencia, impericia, imprudencia son indicadores claros del ejercicio de inadecuadas prácticas laborales y/o profesionales. Desafortunadamente, los ejemplos no son escasos.
“La libertad de expresión es el único derecho humano que algunos y algunas podemos monetizar para vivir”, dijo un respetable colega periodista alemán cuyo nombre preservaré –corresponsal de prensa internacional– que durante largo tiempo cubrió Sudamérica.
“Claro que podemos y debemos hacerlo bien, correctamente, éticamente y con el compromiso puesto en el bien común porque el periodismo es un oficio de interés público”, agregó. Brindamos por eso. “Así sea”, se escuchó desde una mesa cercana.
También levantaron sus copas. Era la hora feliz en el anochecer de una larga jornada de trabajo con intensos debates y ejercicios académicos en Nueva York durante una conferencia global sobre libertad de prensa que fue convocada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Aquella frase informal regresó a mis oídos.

