• Por Mónica González de Sarabia
  • Mamá de Alex Giuliano

Recibir el diagnós­tico de que tu hijo tiene síndrome de Williams es un momento difícil de describir. Lo pri­mero que aparece es el miedo. Surgen preguntas, incertidumbres y una nece­sidad urgente de encontrar respuestas. En nuestro caso, cuando Alex tenía tres años, este síndrome era práctica­mente desconocido en Para­guay, incluso para muchos profesionales de la salud. Para obtener un diagnóstico certero tuvimos que viajar a Buenos Aires y realizar allí los estudios específicos.

Recuerdo aquellos primeros años como una búsqueda constante de herramien­tas que pudieran ayudar a nuestro hijo. Seguimos cada recomendación médica, rea­lizamos controles y estudios para descartar posibles com­plicaciones asociadas al sín­drome, y tuvimos la enorme bendición de que Alex no pre­sentara problemas de salud significativos, más allá de la discapacidad intelectual.

La etapa escolar fue otro gran desafío. Decidimos respetar sus tiempos y bus­car siempre espacios donde pudiera sentirse aceptado e incluido. Fuimos afortuna­dos de encontrar docentes comprometidos y compañe­ros que lo acompañaron con cariño y respeto, permitién­dole vivir una experiencia escolar positiva y enrique­cedora.

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Hoy Alex tiene 22 años. Es un joven alegre, afectuoso y sociable. Disfruta entrenar con sus amigos de Carrerí, participar en corridas y com­partir momentos con quienes quiere. Nos enseña cada día que la felicidad no se mide por las limitaciones, sino por la capacidad de disfrutar la vida y valorar cada oportunidad.

A las familias que hoy reciben este diagnóstico les quiero decir algo que aprendí con los años: el miedo del princi­pio no desaparece de un día para otro, pero poco a poco se transforma en fortaleza. Y, sobre todo, en un amor inmenso que cambia la vida para siempre.

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