- POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS
Las sentencias y aforismos son el resultado de la experiencia. Nacen de la observación paciente de hechos y comportamientos que se repiten en circunstancias iguales. No son productos del azar. Algunos terminan convirtiéndose en paradigmas que son constantemente validados dentro de una determinada comunidad. No pocas veces son agobiados por una crisis que obliga a su reformulación. Estamos hablando de situaciones sobre las cuales no se puede improvisar con discursos grandilocuentes, pero carentes de sustento real. Y de los personajes de triste figura que pretenden imponer cátedras desde la docta ignorancia –aquellos que creen saber, pero no saben–, buscando afanosamente cubrir sus vacíos intelectuales con agresiones, histerias e infamias. Los famosos “todólogos”, como los definiera el irrepetible Helio Vera. Siempre encuentran la manera de acercarse al fuego del poder sin más méritos que el servilismo y la obsecuencia. Los espinazos de goma, como diría otro irrepetible: el recordado periodista Héctor Rodríguez. Hacen tanto daño a la democracia como al propio proyecto político, al que se acercan sin más convicción que la voracidad, para apropiarse de los recursos públicos. No pasan de la categoría de charlatanes, diagnosticados por Ernesto Laclau –filósofo, politólogo y escrito argentino (1935-2014)– como portadores del significante vacío, palabras rimbombantes, pero sin fundamento racional ni coherencia ética.
Son estas figuras salpicadas por la corrupción y la mediocridad, y que, sin embargo, gozan de la mano oscura de la impunidad, los que cotidianamente crean un ambiente artificial en torno al poder. Y los gobernantes de turno que ya llegaron al nivel de desoír las críticas ya solo se regodean con los elogios tan engañosos como oportunistas. Inmunizados para rechazar cualquier mirada penetrante hacia el interior de su gestión, se extasían en una burbuja empalagosa que les impide observar el entorno con visión escrutadora. Viven en un permanente estado de onanismo mental. Nadie como el doctor Eligio Ayala para describir esta tragedia de evadir la realidad, tal como lo hizo en su inigualable obra que enjuicia a la política y a los políticos de nuestro país: “Migraciones”.
Aunque ya lo he citado en innumerables columnas de opinión, allá por 1994, el publicista uruguayo Walter Nessi (periodista y político), fallecido en 2020, fue contratado por el entonces presidente de la República, Juan Carlos Wasmosy, para mejor la comunicación de gobierno. La frase que me impactó en aquel momento sería, con el tiempo, de cumplimiento irreversible: “Lo que el presidente no haga en la primera mitad de su periodo, no lo hará en la otra mitad porque su entorno y colaboradores ya estarán subiéndose al carro de su probable sucesor”. Una escena tan repetida como indignante, en que el sentido de pertenencia a un equipo está subordinado a un futuro de cargos y promesas.
El mandatario Santiago Peña, sin embargo, se animó a desafiar esta regla de oro de los regímenes donde la reelección no está constitucionalmente permitida. Habla de un segundo tiempo de su gobierno, en una explícita analogía con el fútbol. No obstante, siguen en la cancha los mismos jugadores. Y con evidentes renqueras en Salud, Educación y Obras Públicas, precisamente, donde necesita ganar por goleada para equilibrar el desastre heredado de Mario Abdo Benítez. Tiene en contra que, exactamente, en un año las internas dentro del Partido Colorado entrarán en su etapa de mayor intensidad y agitación verbal. Muchos de sus hombres más cercanos, probablemente, ya estarán en el polvoriento ruedo de pugnar por un lugar en una de las cámaras del Congreso de la Nación. Ya se gobierna a medias por las razones ya explicadas. El deseo de continuar en el poder, sin importar cómo ni con quién, será la principal motivación de algunos altos funcionarios.
El propio jefe de Estado no podrá permanecer ajeno a esta turbulenta campaña en que intentará dejar en su reemplazo a una persona que continuará con su gestión, tal como ambicionaron todos sus antecesores. Y ninguno pudo alcanzar su objetivo. Si Peña lo consigue, será el primero en hacerlo en todo este proceso democrático que empezó en 1989. Ningún presidente de la República pudo dejar a su elegido en el sillón de López. El caso de Wasmosy, designado por los sobrevivientes de los poderes fácticos para suceder al general Andrés Rodríguez, no cuenta, debido al fraude del que fue víctima el doctor Luis María Argaña. Peña, repito, ha desafiado la sentencia, hasta ahora inexorable de Walter Nessi, procurando demostrar que en la otra mitad de su mandato todavía se puede hacer algo por el bien del país. Quizás sea hora de probar otros jugadores para estos cuarenta y cinco minutos finales que ya corren a prisa. Y, a diferencia de lo que ocurre en el fútbol, no dispondrá de tiempo adicional. Buen provecho.

