En estos días se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente y hoy quiero cele­brarlo de la manera que más me gusta. Contándote una historia. ¿Comenzamos?

¿Te imaginas un mundo a oscuras? Sin energía. Sin agua potable. Sin tecnología. Sin ese hilo invisible que sostiene nuestra vida cotidiana. ¿Cuánto tiempo resistiría el hombre moderno si todo eso se apagara de golpe?

Yo lo imagino así.

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El calor sería insoportable. Los árboles que cor­tamos y el cemento que expandimos sin control volverían como una ausencia física, casi como una culpa ambiental acumulada. Las ciudades dejarían de respirar. Y el aire, atrapado entre el concreto y el asfalto, se volvería más pesado que el silencio.

El planeta pierde millones de hectáreas de bos­ques cada año. Según la FAO (FRA 2025), la Tie­rra aún conserva unos 4.140 millones de hectá­reas de bosques, pero la presión no se detiene: la pérdida neta global ronda los 4,12 millones de hectáreas por año, impulsada por la expansión agrícola, los incendios y el cambio climático.

El agua sería el primer límite real.

Más de 2.000 millones de personas en el mundo ya enfrentan escasez de agua potable al menos un mes al año, según ONU-Agua. Y el escenario se agrava: el crecimiento poblacional, la conta­minación y la crisis climática empujan sistemas enteros al borde del colapso. Uruguay, acá cer­quita, ya lo vivió el año pasado.

No sería una guerra entre países primero. Sería una guerra entre cercanos: vecinos, familias, amigos.

La escasez no tiene bandera.

Las redes eléctricas caerían. Los sistemas de comunicación se apagarían. El celular, ese objeto que hoy parece una extensión del cuerpo, se convertiría en un recuerdo inútil en cuestión de horas. Y el mundo volvería a fragmentarse en el más profundo aisla­miento.

La biodiversidad también ya está cediendo.

Informes de la plataforma IPBES advierten que cerca de un millón de especies están en riesgo de extinción, mientras que la biodiversidad global cayó entre un 2 % y 6 % por década en los últimos 50 años.

No es un futuro distante: es un proceso en curso. En 2024, los trópicos perdieron alre­dedor de 6,7 millones de hectáreas de selva pri­maria, una de las cifras más altas registradas en dos décadas, impulsada en gran parte por incendios masivos y expansión agrícola.

Y aunque en 2025 hubo una leve mejora en algu­nos países, la tendencia no se revierte: solo se desacelera.

Es una señal ambigua. Como si el planeta res­pirara… pero con dificultad.

Este no es un relato de ciencia ficción, es un mapa incompleto de lo que ya está ocurriendo.

El mundo no se apaga de golpe, se va apagando por partes. Un bosque menos. Un río contami­nado. Una especie que desaparece. Una sequía más larga.

Y lo más inquietante no es lo que podría venir, sino lo que ya empezó a suceder mientras segui­mos llamándolo normalidad.

No le voy a poner un final a esta historia por más previsible que sea… te lo dejo para que lo pienses e intentes cambiarlo.

Entre la ficción y la acción no queda mucho tiempo…

Y esa sí… es otra historia.

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