• POR GABRIELA TEASDALE
  • Presidenta de Transformación Paraguay

El fútbol suele ser el espejo más honesto de una sociedad. Durante 16 años, la ausencia de Paraguay en la máxima cita del deporte rey dolió no solo en las estadísticas, sino en la autoestima colectiva. Parecía que el norte se había per­dido. Sin embargo, la contundente victo­ria del viernes por 4-0 frente a Nicaragua volvió a confirmar ante nuestros ojos una realidad que se vino gestando paso a paso. Lo que vimos en la cancha no fue un hecho aislado ni una simple racha de buen juego, sino el fruto maduro de una profunda trans­formación interna. Esta Albirroja que hoy viaja al Mundial ya no arrastra dudas. Tiene actitud de leones.

¿Cómo se explica este giro radical? La res­puesta no radica en la aparición mágica de nuevas habilidades, sino en el desper­tar de valores esenciales, entre los cua­les la fe y el compromiso jugaron un rol determinante. Con la llegada de un estra­tega extraordinario como Gustavo Alfaro, el plantel comenzó un proceso que tras­ciende lo táctico, logrando que cada juga­dor reconectara con su propia valía y con la fuerza del grupo.

Algo que repito de forma constante en mi labor diaria es que fuimos diseñados por un Dios todopoderoso, por ende, dudar de nuestras capacidades es un error de perspectiva. Cuando una persona com­prende su verdadero ADN, su forma de actuar cambia. La acción persistente des­plaza al temor, y es ahí donde las circuns­tancias se transforman. Ese tipo de fe, activa y consciente, fue la que robusteció las bases de nuestra selección. Los jugado­res reconocieron la grandeza que habita en ellos como seres humanos y como atletas. Al asumir esa identidad, expandieron sus límites y la determinación hizo el resto.

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Como bien señaló el capitán Gustavo Gómez tras el último encuentro, el equipo viene preparándose desde hace mucho tiempo y el compromiso es dejar la vida en la cancha en este Mundial. Esa mentalidad y forma de actuar demuestra quiénes somos, porque está en nosotros el vencer o morir.

Ver al país unido, vibrando bajo una misma bandera, nos demuestra lo que significa el liderazgo multiplicador. Liderar no es ocupar un cargo de jerarquía ni llevar el brazalete de capitán; es el proceso que inicia cuando descubrís tu valor indivi­dual y te dedicás a pulir esa pieza única que sos. Esa evolución personal genera un impacto inmediato en el entorno. La gente no sigue discursos, sigue el ejem­plo de quienes avanzan con convicción. La Albirroja se convirtió en esa fuerza para un pueblo que necesita seguir creciendo y potenciándose.

Nos espera el desafío más grande en tierras mundialistas. La raza guaraní está lista para dar su mejor versión porque recu­peró la seguridad de su estirpe; entendió que es hora de hacer rugir al león y demos­trar nuestro verdadero carácter. Ojalá que esta entrega de la selección no sea solo un espectáculo de noventa minutos, sino el impulso para asumir el compromiso de construir la nación que merecemos; enten­diendo que, al final del día, solo nuestros valores nos hacen fuertes.

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