• Por Ariel Ruiz Díaz
  • Lic. en Comunicación

Hay ideas que uno aprende sin darse cuenta. No aparecen en un libro ni alguien las dice de frente. Simplemente se instalan. Se vuelven normales. Y un día uno descubre que vive obedeciéndolas.

Durante mucho tiempo pensé que para ir a ciertos lugares necesitaba a alguien. No hablo de ayuda técnica ni de grandes apoyos. Hablo de algo más cotidiano: un amigo. Alguien que me acompañe. Alguien que esté disponible. Alguien que venga conmigo.

Y durante años eso me pareció lógico.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Después de todo, soy una persona ciega. El mundo no siempre está pensado para mí. Hay ciudades difíciles, transportes complicados, espacios que parecen diseñados para que uno se pierda. Entonces la solución parece sencilla: buscar a alguien.

Pero con el tiempo empecé a preguntarme algo incómodo: ¿realmente necesitaba ayuda o aprendí a creer que la necesitaba?

Porque hay una diferencia enorme entre elegir compañía y depender de ella.

La amistad, en esencia, es compartir. Caminar juntos. Estar presentes. Ayudarse cuando hace falta. Pero a veces las personas con discapacidad, sin querer, convertimos a los amigos en algo más: en una estructura de apoyo permanente.

Y eso no ocurre por comodidad ni por mala intención. Ocurre porque durante años aprendimos que era más seguro. Que era mejor ir acompañados. Que alguien debía estar ahí “por las dudas”.

Entonces aparece una situación silenciosa: ya no preguntamos si queremos hacer algo. Empezamos a preguntarnos quién puede venir.

Y parece un cambio pequeño, pero no lo es. Porque nuestra libertad empieza a depender de la agenda de otra persona.

Y junto a eso llega una sensación extraña: culpa. La sensación de estar molestando. De pedir demasiado. De sentir que otra vez alguien está haciendo un favor.

Lo curioso es que casi nunca pensamos en esto. Porque la amistad también es ayuda. Todos ayudamos a alguien. Todos necesitamos algo de otros.

La diferencia es que muchas personas eligen esa ayuda. En cambio, otras sienten que no tienen alternativa.Y ahí aparece la verdadera pregunta: ¿la discapacidad genera dependencia o la genera un mundo construido bajo la idea de que siempre alguien nos tiene que acompañar?

Tal vez la autonomía no signifique hacer todo solo. Tal vez signifique otra cosa. Tal vez autonomía sea tener la posibilidad de decidir.

Salir solo o acompañado. Pedir ayuda o no pedirla. Compartir con amigos porque uno quiere, y no porque necesita convertirlos en una rampa humana para entrar al mundo.

Porque los amigos están para caminar con nosotros. No para cargar nuestra vida sobre sus hombros.

Déjanos tus comentarios en Voiz