- Por Douglas Wegner
- Profesor de FDC, Brasil
Durante un prolongado período, la estrategia ha sido concebida como un ejercicio restringido exclusivamente a la alta dirección. Los planes estratégicos solían deliberarse en espacios cerrados y, posteriormente, ser comunicados al resto de la organización como decisiones ya consolidadas. Este enfoque resultaba coherente en contextos caracterizados por estabilidad, baja interdependencia entre organizaciones y limitada presión por la adaptación continua; sin embargo, en el entorno contemporáneo, tal modelo se revela insuficiente.
En la actualidad, numerosas organizaciones operan en ecosistemas complejos y redes colaborativas, dependen de socios estratégicos para la innovación, enfrentan exigencias crecientes por parte de stakeholders más activos y requieren revisar sus decisiones de manera recurrente. En este escenario, la estrategia deja de ser concebida como un plan estático y pasa a ser entendida como un proceso dinámico y continuo de interpretación de señales y ajuste organizacional. No obstante, persiste una tendencia a formular estrategias mediante modelos cerrados, en los cuales un reducido grupo de actores concentra la toma de decisiones, mientras que el resto de la organización se limita a su ejecución.
Esta disociación genera un desajuste crítico. Información relevante no alcanza a los niveles decisorios y la implementación enfrenta obstáculos no visibles. En consecuencia, aun cuando la formulación estratégica sea adecuada, la organización presenta dificultades para materializarla. Es en este contexto donde adquiere relevancia el concepto de open strategy o estrategia abierta. Este enfoque implica la incorporación de un espectro más amplio de actores –incluyendo colaboradores internos y socios externos– al proceso estratégico, favoreciendo la integración de perspectivas diversas. Cabe subrayar que ello no implica la dilución del liderazgo ni la difusión indiscriminada de información confidencial.
La open strategy responde al reconocimiento de que, en entornos dinámicos, la calidad de las decisiones depende de la capacidad de movilizar inteligencia distribuida. Empíricamente, las organizaciones que adoptan este enfoque tienden a estructurar tres movimientos fundamentales.
En primer lugar, se amplía la inclusión de manera selectiva. Si bien no todos los actores participan en todas las decisiones, se involucra estratégicamente a aquellos con información relevante en momentos críticos. Equipos con contacto directo con clientes, especialistas técnicos y actores externos aportan conocimiento que difícilmente sería capturado mediante enfoques tradicionales.
En segundo lugar, se incrementa la transparencia en torno a prioridades y decisiones estratégicas. La comprensión de los criterios subyacentes a las decisiones fortalece el alineamiento organizacional, trascendiendo la dependencia de mecanismos formales de comunicación. Este proceso contribuye a reducir ambigüedades, agilizar la toma de decisiones y consolidar el compromiso de los colaboradores con la implementación estratégica.
En tercer lugar, las organizaciones que adoptan la open strategy establecen mecanismos claros de gobernanza del proceso. La apertura estratégica no elimina la necesidad de dirección; por el contrario, demanda mayor claridad respecto a los criterios de decisión, los mecanismos de integración de contribuciones y los límites de la participación. En ausencia de este diseño institucional, la apertura puede derivar en ambigüedad y parálisis decisional.
La principal barrera para la implementación de la open strategy no es de carácter técnico, sino cultural. Persisten percepciones entre directivos que asocian la apertura con la pérdida de control. No obstante, en entornos complejos, la sobrerregulación y el control excesivo tienden a deteriorar la calidad de las decisiones. El desafío radica, por tanto, no en renunciar al liderazgo, sino en ampliar la base cognitiva que lo sustenta.
Cabe señalar que la transición hacia modelos abiertos no requiere necesariamente transformaciones radicales. Iniciativas incrementales –como la participación de equipos en la definición de prioridades, la creación de espacios estructurados de escucha o la inclusión de socios en discusiones estratégicas– pueden generar impactos significativos en la calidad decisional y en la capacidad de ejecución.
A pesar de lo anterior, la estrategia continúa siendo percibida como un ámbito sensible dentro de las organizaciones. Muchos ejecutivos aún muestran reticencia a abrir el proceso estratégico por el potencial riesgo de pérdida de control o divulgación indebida de información. Sin embargo, organizaciones que persisten en modelos cerrados tienden a presentar menor capacidad de adaptación y pérdida de dinamismo. En contraste, aquellas que desarrollan capacidades para abrir estratégicamente sus procesos construyen ventajas difícilmente imitables: una organización capaz de pensar y actuar estratégicamente de manera colectiva, integrando colaboradores, socios y stakeholders.
La Fundação Dom Cabral dispone de un equipo especializado que acompaña a organizaciones en la formulación e implementación de estrategias mediante modelos innovadores, como la open strategy. Con más de 50 años de experiencia en formación ejecutiva, la institución se posiciona como un actor relevante para organizaciones que buscan diferenciarse, liderar sus sectores y proyectar su desarrollo futuro.

