- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de Transformación Paraguay
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Hace unos días, manejando rumbo a la Costanera de Asunción, fui testigo de una escena que me encogió el corazón. Vi que los grandes tubos de agua, destinados a una obra pública muy importante para mejorar la infraestructura de nuestra ciudad, estaban completamente forrados con propaganda electoral de candidatos municipales.
Esta imagen, cruda y cotidiana, refleja no solo la falta de civismo y desconsideración que arrastramos como sociedad, sino que también deja en evidencia nuestra profunda desconexión con lo que está bien, actuando desde el “no me importa, total nadie dirá nada”, una actitud que nos estanca y desgasta el futuro de todos.
Nos hemos acostumbrado a normalizar la falta de respeto en casi todas sus formas. Lo que hacemos en la casa lo hacemos afuera también y, por lo tanto, esa ausencia de valor se ve y se vive en todas partes. Se nota en las calles cuando ignoramos una señal de tránsito y pretendemos solucionar la infracción coimeando a un inspector, o cuando tiramos basura por la ventanilla del auto, dañando el entorno que compartimos.
Se evidencia claramente cuando no cedemos el asiento en el colectivo a una embarazada, cuando ignoramos la paciencia que necesita un adulto mayor para cruzar la calle o cuando preferimos mirar el celular antes que escuchar a nuestros hijos al volver a casa. También cuando maltratamos el trabajo ajeno o cuando le gritamos a nuestra pareja, simplemente porque no estamos de acuerdo.
Desde la organización que lidero, Transformación Paraguay, cuyo objetivo es fortalecer los valores y el liderazgo de los paraguayos, sabemos con certeza qué es el respeto genuino; este pilar fundamental para una convivencia armónica y saludable se gana, se elige y se cultiva conscientemente en el día a día, una decisión a la vez.
No depende de un título universitario, de la edad o de una posición de autoridad. Respetar, en primer lugar, empieza con uno mismo y su propia dignidad. Desde ahí implica reconocer con madurez el valor de cada persona, de su identidad y de todo lo que tenemos como país. Esta actitud transformadora se demuestra en los pequeños gestos cotidianos que construyen comunidad.
Se vive al escuchar con atención sin interrumpir el diálogo, al agradecer las acciones del prójimo y al tratar a los demás con cortesía. Respetar es valorar el esfuerzo ajeno, cuidar las palabras y moderar el tono al comunicarnos. Pero también es cuidar el espacio público, porque nos pertenece a todos. Por sobre todo, respetar es cuidar el corazón y la dignidad del otro en cada interacción humana.
Si nuestra meta compartida es construir un Paraguay sano y próspero, mi recomendación urgente es que todos los ciudadanos asumamos con firmeza el compromiso de romper de raíz la cadena de la apatía. Necesitamos empezar a liderar con el ejemplo diario, haciendo lo correcto porque en lo correcto nos beneficiamos todos.
Como decía Martin Luther King, la oscuridad no puede expulsar a la oscuridad, solo la luz puede hacerlo. El cambio real depende de nuestra propia conducta. Empecemos hoy mismo a movernos hacia valores que nos lleven a cosechar buenos frutos.

