- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
Antes de que el frío –que es natural en esta época del año en el Hemisferio Sur– hiciera notar su presencia en nuestro país, hace rato que un clima igual marca la temperatura política de las elecciones internas municipales fijadas para el próximo 7 de junio, o sea, en poco más de un par de semanas.
Salvo en la burbuja creada en las bases partidarias, en las calles la pasión está ausente. En términos contrarios, diríamos que no se percibe el calor popular que debería abrigar estos comicios.
La razón puede ser muy sencilla: la expectativa de la gente no se corresponde con los candidatos en escena. O, quizás, y es lo más seguro: tiene prioridades impostergables de supervivencia, motivo por el cual cualquier actividad colateral le resulta absolutamente prescindible. Nuestra apreciación tiene varios indicadores fácilmente demostrables. La más resaltante es que no es tema de conversación, mucho menos de debate o discusión, más allá del territorio que le es propio.
A lo sumo, se deslizan preguntas, que no son más que formalidades: ¿Quién te parece que va a ganar? La respuesta, por lo general, no genera una devolución. Solo el silencio. Un silencio que debe interpretarse como evidente divorcio de la gente con la política.
Debemos alertar, no obstante, que la política es una parte sustantiva de la sociedad y alejarse de ella provoca el peligro de un camino despejado para los menos aptos. Y el riesgo mayor que amenaza a la democracia es la desesperanza, la idea de que nada va a cambiar porque todos son iguales. Y esa desilusión tiene un fundamento lógico: la impunidad que se ha instalado como cáncer que carcome el cuerpo social. Los más grandes hechos de corrupción, los más recientes perpetrados durante la administración de Mario Abdo Benítez, son crímenes sin castigo. Por eso se animan a lanzar discursos ampulosos de bravuconerías, de supuesta corrección moral y de eficiencia en el manejo del Estado, con una hipocresía que los delata (simuladores que se ufanan de cualidades y virtudes de las que carecen) y un cinismo que ya no engaña (que definimos con desvergüenza en el mentir o descarada obscenidad).
Y, también, están los otros, los que rápidamente –y sin pudor alguno– cambiaron de bando lamiendo las suelas del poder de turno. Y todo para que sus hábitos de latrocinio queden sepultados en oscuros cajones de mal entendida –y peor aplicada– solidaridad política. Por sus antecedentes sabemos que una nueva traición a sus actuales “amigos” solo es cuestión de sentarse a esperar. Suponemos que quienes los cobijan están conscientes de ese carácter inestable y, a su vez, los utilizan temporalmente, creyentes de la fórmula relativista de que en “política nada es eterno”. Esas inconductas, más la impunidad, asumidas como normales, terminan provocando el desencanto ciudadano (una ciudadanía que no logra aún constituirse como un cuerpo orgánico o una sociedad civil convertida en grupo de presión organizado). Por eso, la participación, cada vez más, se limita al simple ritual de sufragar.
En esa misma fecha, 7 de junio, se desarrollará la segunda vuelta en Perú. Lo más llamativo es que el 14 % de los consultados asegura que votará en blanco o anulará su voto. Un dato a considerar a nivel local a partir del lunes 8 de junio. Después de estas elecciones internas habría que analizar los resultados para evaluar con mayor precisión el divorcio real de nuestro pueblo de la política. Solo a un grupo reducido –que ha encontrado en la política una escalera de acelerada ascensión para acumular riquezas espurias– le conviene la baja participación.
De esa manera, el voto cautivo o rentado tendrá mayor incidencia en el cómputo final. Quienes aspiran a una sociedad igualitaria, en lo cultural, social y económico, deberían preocuparse por la construcción de una ciudadanía con sentido crítico (aunque suene redundante), para que los viejos vividores de la política, analfabetos funcionales, falsos titulados y declarados corruptos, dejen de ser opción en los cargos de representación popular.
IgnacioA. Pane advertía hace más de 120 años sobre ese mal que hoy padecemos nuevamente: “¿Para qué pensar, si otros piensan por nosotros? ¿Para qué examinar y juzgar los actos de la legislación y justicia de los gobernantes, cuando eso lo dejamos a los partidos, o más exactamente, a cualquier salteador del poder público?”. Y reprochaba con dureza: “El no meterse en política es la política de la peor especie”. Por eso la urgencia de involucrarse con responsabilidad y dignidad, para que podamos tener gobernantes igualmente dignos y responsables. Y, más que nada, respetados. Buen provecho.

