DESDE MI MUNDO

Hace unos días fue el Día de la Madre. Entonces recordé unas cifras que voy a intentar dártelas en una historia.

Se llama María. Vos podés ponerle el nombre que quieras, porque se multiplica por cientos en todo el país.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

La vi acomodarse el cabello antes de entrar a la entrevista. Miró una vez más el currículum doblado en la cartera y respiró profundo. Había ensayado respuestas toda la noche. Qué decir. Qué no decir. Cómo sonreír. Cómo ocultar el cansancio.

Pero había una pregunta que le daba miedo.

–¿Tenés hijos?

Y entonces hizo algo que todavía hoy le pesa en la conciencia. Mintió. Dijo que no.

Después me contó que sintió vergüenza. No por ser madre. Sino por sentir que la maternidad se había convertido en un obstáculo. Algo así como si amar, criar, cuidar y sostener una casa fueran defectos que debían esconderse para conseguir trabajo.

En Paraguay hay cerca de 40.000 madres que sienten que buscar empleo cuesta el triple. Y muchas aprendieron a callar ciertas partes de su vida porque saben que todavía existen empresas y personas que miran la maternidad como un problema.

El país avanzó. Claro que avanzó. Las mujeres ocupan espacios, estudian, trabajan, sostienen hogares y luchan todos los días. Pero algunos preconceptos siguen vivos, escondidos detrás de escritorios modernos y discursos políticamente correctos.

“No le contrates. Va a faltar mucho”.

Esa frase sigue circulando. A veces no se dice en voz alta, pero se piensa.

Y duele más cuando uno entiende que el 35 % de los hogares paraguayos está liderado por mujeres jefas de hogar. Mujeres que no tienen margen para rendirse. Mujeres que salen temprano, llevan criaturas a la escuela, vuelven tarde y aun así cargan con la culpa social de no llegar a todo.

La realidad se vuelve todavía más dura cuando la maternidad llega en la adolescencia. Muchas dejan el colegio. Muchas apenas alcanzan un promedio de 10 años de estudio. Y así comienza una cadena difícil de romper: menos oportunidades, empleos más precarios, salarios menores y una lucha constante por sobrevivir.

Pero detrás de las estadísticas hay historias.

La madre separada que vende comida y limpia oficinas. La viuda que aprende a usar una computadora a los 50 porque necesita trabajar. La joven con tres hijos que escucha que “el puesto ya fue cubierto” apenas mencionan a sus niños.

Los sondeos muestran que cuando una mujer tiene tres hijos o más, conseguir trabajo se vuelve hasta tres veces más difícil.

Y entonces muchas aprenden a maquillarse la vida para parecer “contratables”. Ocultan hijos, horarios imposibles, enfermedades, cansancios.

Como si ser madre no fuera precisamente una prueba inmensa de responsabilidad, resistencia y capacidad.

A veces pienso que este país admira mucho a las madres… siempre y cuando no tengan que contratarlas.

Las celebramos en discursos. Les regalamos flores un día al año. Les escribimos mensajes emotivos. Pero cuando llega la hora de abrirles oportunidades reales, demasiadas puertas siguen cerrándose.

Y mientras tanto, miles siguen entrando a entrevistas con miedo.

Miedo de decir la verdad, miedo de que la palabra “mamá” pese más que cualquier experiencia laboral.

Qué contradicción tan triste la de una sociedad que dice defender a la familia, pero castiga silenciosamente a quienes la sostienen todos los días.

Pero esa… es otra historia.

Déjanos tus comentarios en Voiz