DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

Esta historia es vieja, pero la recuerdo como aquella vez, quizás para recordarme a mí mismo que cuando olvidamos borramos una parte importante de nuestras vidas.

La vi sentada sola en un pasillo. Eran casi las tres de la madrugada. Tenía el barbijo apenas bajado, los ojos cansados y las manos quietas por unos segundos, como si intentara convencer al cuerpo de seguir un poco más.

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Frente a ella, una máquina sonaba con insistencia. Detrás de una puerta, mi hermano luchaba por respirar. Ella también luchaba. Aunque nadie lo notara.

Me dijo que hacía doce horas estaba de guardia, que todavía faltaban varias más. Sonrió apenas cuando le pregunté cómo estaba. Esa sonrisa automática que muchas enfermeras aprenden a usar para no quebrarse delante de los demás.

Entonces entendí. Hay personas que pasan la vida entera cuidando heridas ajenas mientras esconden las propias.

Cada 12 de mayo el mundo recuerda el Día Internacional de la Enfermería. Se hacen homenajes, discursos y publicaciones llenas de agradecimiento. Pero al día siguiente, hoy, todo vuelve a la rutina. A los hospitales saturados. A las guardias eternas. A los salarios que muchas veces no alcanzan. A la falta de personal. Al cansancio acumulado en silencio.

En Paraguay hay miles de enfermeras y enfermeros sosteniendo un sistema de salud que hace tiempo funciona al borde del colapso. Ellos están ahí cuando alguien nace, cuando alguien muere o cuando una madre llora. Incluso siguen ahí cuando el miedo entra a una sala de urgencias.

Y sin embargo, pocas veces ocupan el centro de la escena.

La pandemia nos hizo aplaudirlos desde balcones y pantallas. Durante un tiempo parecimos comprender que eran imprescindibles. Después pasó el miedo... y como siempre, también la memoria. Y es que quizá ese sea el problema: nos acostumbramos demasiado rápido al sacrificio ajeno.

Creemos que siempre van a estar ahí. Resistiendo, corriendo por pasillos, tapando ausencias, cubriendo turnos imposibles, escuchando dolores que nadie más escucha.

Pero nadie resiste para siempre.

A veces pienso que hay un cansancio que no hace ruido. Un agotamiento que no sale en las estadísticas. Una tristeza silenciosa que muchas veces se esconde detrás de un uniforme blanco.

Y aun así... vuelven al día siguiente. Tal vez sea porque entendieron algo que muchos de nosotros olvidamos: cuidar también es una forma de amar.

Mientras escribo esto, en algún hospital del país una enfermera seguramente sigue despierta. Caminando entre luces frías y monitores encendidos. Tal vez sin tiempo para sentarse. Tal vez pensando en sus hijos. Tal vez sosteniendo la mano de alguien que tiene miedo.

Y aunque muchas veces nadie las vea, siguen ahí.

Firmes.

Sosteniendo vidas con esas manos cansadas que nunca aprendieron a rendirse.

Pero esa, esa sí, es otra historia.

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